"Crear para ser visto," por Malén Denis

Lo mío con internet fue amor a primera vista. El sonido del módem me hacía sentir un entusiasmo que rozaba la ciencia ficción, creí poder tocar los límites de la realidad, eso quizás producto de Matrix. Lo cierto es que nunca me pude separar de la red. Hablo de principios de la década de los dos mil, cuando mi imaginación no podía ni arañar la idea de iPhones, tweets, likes, la cultura de lo instantáneo y lo individual por la que hoy en día estamos absolutamente atravesados.

 

Lo público, lo privado, lo íntimo

Al principio, internet era mi ventana al mundo. Usaba los bien llamados "buscadores" para encontrar foros de gente con inquietudes parecidas, buscar trucos para videojuegos, fotos satelitales de la tierra: era un modo de ver el mundo más allá. ¿Cómo fue que internet se convirtió en el modo de ver el mundo más acá?

Internet en algún momento se volvió la ventana al interior o a la seudointimidad de cada uno, lo que antes era hacia afuera hoy se volvió hacia adentro: consumimos personas.

Uno de los primeros consumidores de personas fue Andy Warhol cuya obsesión por crear íconos lo llevó a materializar un modo de vida artístico y descartable. Andy Warhol, quien no casualmente fue el mismo en afirmar que en el futuro todos tendríamos nuestros 15 minutos de fama (una fantasía que logra llevarse a cabo desde el Yo lírico generado para la web), elegía personas —como la trágica Edie Sedgwick— a quienes utilizaba en su obra hasta el hartazgo y luego abandonaba cuando conseguía alguien que le gustara más. 

Era un DJ de personas, algo que nos suena terrible, pero que hacemos constantemente con el botón de “seguir” y “dejar de seguir”. Hay una fascinación por el otro, nos enamoran esas otras personas al tiempo que nos desagradan; hay una relación, siempre asimétrica, pero la hay.

 

"Creo en las luces tenues y los espejos trucados" 

Los planos pensables de la realidad quedan conjugados en una división tripartita sin límites concretos. A la dicotomía público-privado se suma lo íntimo como el interrogante absoluto: ¿es íntimo si es visto? Dijo Schelling: "Lo siniestro nombra todo aquello que debió haber permanecido en secreto, escondido, y sin embargo ha salido a la luz". Si internet puede entenderse como lo siniestro, quizá debamos leerla desde sus nuevos usos. En la orilla opuesta de una visión conservadora sobre la intimidad, creo que el sujeto contemporáneo reside en las claves que lo separan del exterior: somos personas con secretos.

Nuestro secreto es qué miramos y qué buscamos encontrar al subir un contenido, nuestro secreto protegido por contraseña son cuántas selfies nos tomamos antes de subir una y si en esa acción se conjuga o no algo de nuestra seguridad personal. Nuestro secreto es cuánto de nuestra vida nos significa la construcción de una persona pública. Ya desde el momento en el cual nuestro contenido pasó por un filtro nos estamos editando y eso genera angustia en el fondo, de sabernos editados sin poder evitar creer en el verosímil pasto más verde de las redes de los demás.

Somos niños intentando creer en los Reyes Magos aun después de que nos dijeron que son los padres; queremos creer en la perfecta construcción de fragmentos de Yo del otro. Queremos creer esa consistencia y sostener una distancia porque en el interior nos sentimos francamente falibles, con un carrete lleno de selfies deficientes.

 

Yo también me despierto con el scroll 

Lo primero que hago por la mañana, antes de desayunar o ducharme es pasar unos minutos la revista de la vida mirando Instagram. Me entero de qué desayunó el chico que me gusta, si salió de fiesta la chica que envidio, los oufits de las celebrities que más morbo me causan y me digo “tienes que volver al gimnasio”. Decidí consumir fantasmas de lo perfecto para tener una excusa para atormentarme, me hago cargo de eso. Ahora, es importante saber qué es eso que uno está viendo en lo que está viendo.

Como sociedad nos volcamos cada día más hacia lo visual sin fijarnos en el peligro de tomar por cierto todo lo que consumimos. Conocimiento y visión siempre estuvieron asociados, y a la verdad se accedía desde el ojo. Sin embargo, ¿no seremos nosotros quienes nos engañamos? Es vital pasar del "ver para creer" a la consciencia del "crear para ser visto".

La artista de origen argentino pero radicada en España Amalia Ulman trabajó mucho con este concepto, desde su muestra Excellences & Perfections, un acto performático que realizó a través de Instagram, para el cual creó un personaje ficticio: una chica de provincia, obsesionada con ser mantenida por un millonario, que se mudó a la ciudad para convertirse en modelo. Este personaje, una mujer frágil vestida en tonos pastel, pero que sube fotos de operaciones y videos de ella twerkeando, consiguió cautivar e indignar a  72,000 seguidores que creyeron la historia al pie de la letra. ¿Cómo lo hizo? Amalia cuenta que se valió de una plataforma que supone un comportamiento auténtico tanto de contenido como de interacciones, para crear una historia y probar cómo como audiencia nos dejamos influenciar a través del uso de arquetipos fácilmente reconocibles, personajes que ya hemos visto.

 

La fina línea que divide el arte de lo demás 

Está de moda degradar la selfie e identificarla con el modelo narcisista por excelencia, encarnado en el arquetipo de la autoexposición: Kim Kardashian. Sin embargo, la disciplina del autorretrato tiene una historia mucho más rica y lejos de pensarla como un maquiavélico medio de autoobsesión y búsqueda de aprobación, es vital pensar el fenómeno de su explosión como un autoretrato de la contemporaneidad. 

Es nuestra historia la que nos empujó al culto de lo propio. Son las mismas redes las que legitiman el uso de ciertos artilugios; internet, al igual que la literatura, es puro artilugio. Entonces: ¿qué separa a la selfie del arte? Si el arte también debe comprenderse como una manifestación de la época. Quizás el hiato que falta hasta cambiar el canon. No se está diciendo que Kim Kardashian sea la próxima Frida Kahlo, pero no podemos dejar de pensar que tiene un talento que es intrínseco a la época: hizo un mercado y un mensaje de su propio cuerpo y, sobre todo, de su cara.

 

La diferencia entre Ulman y Kardashian radica en la consciencia crítica; no obstante el resultado de ambas experiencias desembocan en una verdad: el paradigma de nuestra generación es el de la producción y el consumo en torno al Yo. Ulman crea una ficción y Kardashian, a su modo también crea una ficción en una gradación distinta y con una intención global distinta, ambos casos nos muestran que hay una necesidad de idealización en torno a un otro, que desemboca en experiencias tanto positivas como negativas.

El miedo 

Cuentan que cuando se creó el cine, en el marco de las primeras proyecciones había gente que huía corriendo despavorida, asustada por un tren que amenazaba con atropellarla desde la pantalla. El miedo de que una nueva lectura del mundo nos recodifique al punto de cambiar nuestra "real realidad" es constante en la breve historia de los medios de comunicación. Internet no fue la excepción.

Hay una preocupación de ciertas generaciones que conocieron una vida antes de internet por dividir entre el adentro y el afuera de la red, le llamo al fenómeno una desviación platónica, según la cual una realidad —real-realidad— es ontológicamente superior a otra realidad-internet. Quizás el miedo radica en la sensación de la otredad: internet es uno frente a infinitos otros. Cada cual generando una poética, usando la interfaz que se presenta como uniforme, pero creando su propia curaduría. 

Lo que no se puede hacer bajo ningún concepto es intentar separarlo de la realidad, vivimos en una amalgama donde las redes, con todas sus implicancias se cruzan con todos los demás eventos de la vida, no hay dentro y fuera de internet, hay un mundo atravesado por la red.

Un nuevo orden

Hoy por hoy nos enfrentamos a una intimidad que cambió en términos cualitativos. Ante el miedo que esto provoca, algunos afirman que hay que levantar un cerco más alto entre adentro y afuera.

Del otro lado del miedo aparece la generación Z, la que está en boca de todos los grandes medios y que causa tanto fascinación como indignación. Hablamos de la primera generación en criarse íntegramente con internet. No hay nostalgia, todo lo que conocen de la vida lo conocen a través de pantallas. De ellos, lo que nos queda por aprehender es un nuevo orden que impone un nuevo sistema de valores. Conocernos como productores de una ficción nos acerca a entendernos como consumidores de ficciones constantes, y, como toda ficción, el trabajo es aprender a disfrutarla.

Asusta pero es vital adaptarnos a la idea de que hay una sola realidad facetada. Estamos atravesados por internet e internet se divide a su vez entre distintas plataformas que mezclan una atroz cantidad de contenidos igualados al mismo valor: un like.