Basquiat a la Distancia

“¿Por qué te gustaría ser recordado?” preguntaba un joven Basquiat en una de sus múltiples y míticas sesiones de graffiti. Este cuestionamiento hoy aplica más que nunca como una suerte de auto-profecía para uno de los provocadores más grandes que haya tenido en la historia la plástica estadounidense.

 

Jean Michel Basquiat durante una sesión de trabajo.

Hoy pueden visitarse dos exposiciones de Basquiat sumamente interesantes: una de ellas ocurre en el Brooklyn Musem y otra en el Guggenheim de Bilbao. Ambas conectadas al ser retrospectivas del trabajo de este muchas veces llamado genio.

 

"El arte es con lo que decoramos el espacio, la música es con lo que decoramos el tiempo" Basquiat

 

Envuelto en el aura propia de una muerte temprana, pareciera que lo trágico le ha dado un valor a sus obras que por sí mismas no poseen… o al menos eso piensan algunos de sus detractores. Si revisamos la historia, podemos encontrar un sinfín de anécdotas que han cimentado y acrecentado la leyenda: desde su fragmentada familia– Basquiat vivió una infancia sombría marcada por el divorcio de sus padres–, el paso por un sinfín de escuelas, su admisión dentro de la elite académica por ser un niño prodigio, el destierro de la misma por convertirse en un enfant terrible, su posterior conexión con las calles y los bajos mundos– en donde aprendería que el graffiti es una forma igualmente válida de arte que la pintura en lienzos–, sus problemas con las drogas y pandillas, el abandono de su hogar y su semi-vagabundismo por un par de años, etc. Todas estas historias las hemos visto repetirse en íconos y mitos indestructibles como los héroes de la literatura Beat. Sin embargo, igual que ocurre con aquellos, algo flota sobre toda la parafernalia romántica del artista bohemio: un talento avasallador, así como la necesidad de generar rompimientos estéticos que no son otra cosa más que la gasolina que hace que el arte avance en dirección ascendente.

 

Basquiat sosteniendo una de las obras más representativas de la literatura beat, The Subterraneans, de Kerouac.

 

Para los años ochenta, con un sinfín de experiencias interesantes y aleccionadoras al hombro, Basquiat decidió su destino: abandonaría paulatinamente su actividad como artista del graffiti– la cual lo había elevado, junto a su compañero de aventuras juveniles, Al Díaz, en un mito subterráneo– para avocarse a la actividad pictórica. Poseedor de un bagaje cultural amplísimo gracias a una férrea disciplina autodidacta, Jean Michel se vio seducido por el arte abstracto, sobre todo, aquel inscrito en la corriente expresionista. Fuertemente influenciado por personajes de la talla de Cy Twombly o Jackson Pollock, así como por el movimiento Art Brut– cuya traducción más cercana al español sería la de "arte marginal"–concepción estética que busca alejarse de los elementos tradicionales de la cultura popular al tiempo que gesta un universo con reglas y símbolos propios. De esta fusión de estilos, sumada a su propia mezcla racial– su padre era haitiano y su madre puertorriqueña– nacieron símbolos icónicos como la corona basquiatiana, los ángeles deformados (cercanos de cierta manera al estilo de Picasso), los autorretratos que parecen salidos de un atracón de cocaína, los reyes delgados y caricaturizados, los animales esquizofrénicos, etc.

 

 

"El graffiti es un poema escrito por la ciudad para ella misma" Basquiat

 

Apadrinado por monstruos como Mapplethorpe y Warhol, la carrera de Basquiat parecía dirigirse al máximo estrellato. Después vino el coqueteo con el universo pop: su relación con Madonna, su trabajo para revistas de moda consagradas, el codearse con la crema y nata de la nueva escena de la pintura estadounidense, sus alianzas con la música de vanguardia neoyorquina– sobre todo con esa banda seminal llamada DNA– y hasta la influencia que dejó en Warhol– el pintor de la peluca platinada aceptó en alguna ocasión que Basquiat había cambiado su manera de concebir la pintura–.

 

Burroughs, Basquiat y Debbie Harry.

 

Para finales de la década de los ochenta, Basquiat era el rey absoluto, la vanguardia personificada: exponía lo mismo en París que en África, sus obras nuevas eran esperadas con el mismo entusiasmo que los creyentes ponen en el segundo advenimiento, era parte del jet-set y su halo de juventud salvaje, ansiosa y dispuesta a devorar el mundo lo respaldaban. Sin embargo, como ocurre con personajes de esta talla, al vivir a una velocidad desenfrenada, su muerte lo encontró temprano; en 1988 moriría de una sobredosis en su apartamento de Nueva York.

 

 

Después de eso, Basquiat dejaría un legado que hoy podemos observar en artistas emergentes de clase mundial, a la vez que el mito terminó por consolidarse: la masa tiende a generar dioses una vez que están muertos, pues nunca los ve caer, fallar, o envejecer. Este último elemento es al que se ciñen sus más grandes detractores, pues sólo fuimos testigos por ocho años de su talento y obra. Las exposiciones hoy montadas son el pretexto perfecto para saber si estamos frente a un héroe que resistirá el paso del tiempo o se desvelara como el rey desnudo de penoso traje invisible. Pero sobre todo, estas retrospectivas nos ayudarán a bajar a Basquiat de la cruz y verlo como lo que realmente era: un humano ávido de experiencias sensibles, las cuales plasmó en pinturas que fácilmente pueden convertirse en un referente de un momento en el tiempo de la humanidad. Sea cual sea el veredicto, una cosa es cierta; la leyenda de Basquiat parece inmarcesible. Es una flor que sobrevivirá en medio de la mierda… metáfora que no es otra cosa que la verdadera tarea del arte.