Lectura De Verano

Llevar un libro a todos lados demuestra algo muy importante: una combinación de deseo y voluntad de leer. 

Las vacaciones siempre son un buen momento para realizar esta actividad. A diferencia del invierno, donde el frío y la familia invitan a permanecer en lugares cerrados y el tiempo de lectura puede ser algo más bien programable; el verano nos hace movernos, nos lleva a la playa, a las montañas, a otras culturas. 

Por eso, elegir una lectura de verano es más difícil de lo que parece. 

Para viajar, los medios impresos siguen siendo la mejor opción. El dilema principal de la lectura veraniega es tener que elegir entre un libro y otro, y se podría pensar que la solución al mismo es simplemente cargar en una tablet todo lo que uno pretenda leer. Sin embargo, el problema de la lectura en un viaje de verano no es de volúmen, es de especificidad. Si a esto le sumamos algunas cuestiones prácticas como la batería, el ajetreo de viajar y los elementos de la naturaleza (humedad, calor, arena, lluvia), es claro que la utilidad y la integridad del papel se ve menos comprometida que la de los aparatos electrónicos.

Además, se debe de considerar el aspecto romántico y sensorial de la lectura. Leer ya es una forma de viajar. Por eso leer durante un viaje es algo mágico y misterioso, una síntesis de metáforas reflejándose al infinito: el lector como viajero y el viajero como lector. La ficción y la realidad unidas en un instante. No importa si es de forma complementaria -leyendo en contexto de donde se viaja-, o contradictoria -leyendo en un universo paralelo y lejano al viaje-; pocos placeres se equiparan al de sentir como las hojas y las palabras se mueven dentro del murmullo de las olas, del viento, o del bullicio incesante de una ciudad que habla y se mueve en un ritmo diferente al nuestro.

Libros hay tantos como lectores y, al igual que los lectores, no todos están hechos o escritos para viajar. 

Sólo un imbécil pretendería hacer un viaje de verano cargando un mamotreto fotográfico de 50cm de ancho, 50cm de largo, 10 cm de alto que pesara cinco kilos. Si la necesidad de un libro físicamente portátil es bastante obvia, la portabilidad del contenido no lo es tanto. Cegado por la esperanza, como todo lector viajero, he cometido el error de cargar con uno o dos clásicos de la literatura para terminar leyendo el título, el prólogo y, en el mejor de los casos, el inicio del primer capítulo.

Aldous Huxley sabiamente señaló como las mejores lecturas de viaje las que combinan la autosuficiencia en una página y la permanecía del contenido en el fondo de la mente mientras continuamos con el viaje hasta el siguiente momento de lectura. Volúmenes que permitan abrirse en donde el destino lo designe, leer ahí, directamente y sin más preámbulo. Frente a estas características, para el autor de Un Mundo Feliz, el mejor libro de viaje era cualquier tomo de la enciclopedia –sobre esta recomendación cabe aclarar dos cosas: en tiempos de Huxley la tecnología de punta en el ámbito de la lectura era el papel biblia (que volvía portátil un tomo de la enciclopedia) y nadie,  ni siquiera un  visionario como él, podía llegar a pensar como todos los tomos de la enciclopedia ahora están a un clic de distancia– seguido por un libro de aforismos o un libro de poemas. 

El problema de la lectura veraniega sigue siendo de solución ad hoc, donde el viaje determina la lectura y no al revés. No es lo mismo estar corriendo de un sitio histórico a otro, de ciudad en ciudad, subiendo y bajando de aviones, trenes o autobuses; que encontrarse en una cabaña con vista al mar donde la contemplación diurna únicamente se debe ver interrumpida por dosis perfectamente medidas e intercaladas de conversación, lectura, comida, sexo, música, bebida y chapuzones para refrescar.

La teoría de la autosuficiencia es bastante acertada, y, eliminada la necesidad de cargar con un tomo de la enciclopedia por más portátil que sea, los contenidos pueden ser más concretos.

Si uno realiza un viaje a una ciudad cosmopolita, o varias, las lecturas concretas y rápidas son la opción a seguir. Poemarios, aforismos o compilaciones de artículos periodísticos de grandes autores –la faceta periodística es una forma interesante de acercarnos a los autores más conocidos por su obra de ficción (e.g. Si mi biblioteca ardiera esta noche, de Aldous Huxley).    

Por el contrario, si uno realiza un viaje donde la relajación es el principal motivo, la lectura puede extenderse un poco para salir de la autosuficiencia de la página a la del relato corto o artículos más extensos. 

En lo personal, prefiero leer de forma contradictoria al viaje. Textos disonantes con el ambiente, realizando un ejercicio mental de enfoque y construcción cuyo resultado sea una de las principales funciones del ciclo lectura-imaginación: escindirse de la realidad que se vive hacia la realidad que se crea. 

Este gusto lo descubrí por accidente en mi último viaje a la playa. Pensaba llevar algo acorde al lugar. Cuentos de los mares del sur, de Jack London; La Maldición de Lono, de H.S. Thompson o cualquier cosa de García Márquez. Terminé con un libro de Patrick Modiano y encontré muy satisfactoria la experiencia –tanto que pienso repetirla–. Nunca llegué a imaginar que leer una novela corta, casi policiaca, del recuerdo de un amor fortuito en una París otoñal –escrita en una prosa elegante, parca y precisa que le da un toque de film noir al texto– fue la mejor elección para estar en la playa.

Al final esta es la magia de la lectura de verano. Estar perdido en un recuerdo matinal y gris de París a mediados de noviembre, al sentir la brisa cálida desde las aguas doradas del ocaso en el Pacífico.