El Clan: El secuestro en la posdictadura Argentina.

Texto por Fernando Lucio Escalera

 

Cuando se tocan temas recurrentes en nuestro entorno, una de dos: o nos interesa más o pasamos al siguiente post. Personalmente, me llama la atención saber el porqué de las cosas y cuando encuentro alguna película, libro o publicación donde se cuente la historia de algo que ocurrió en la vida real, lo devoro.

En este caso, la película argentina El Clan atrapó mi atención de manera sorpresiva, pues no era el plan verla, sin embargo la sinopsis me convenció de entrar a la sala con mis primos y hermano. El filme no decepcionó.

Cuenta la historia de la familia o clan Puccio, que se desarrolló luego de la dictadura militar Argentina, por allá de la década de los 80. Una familia dedicada al secuestro, a la extorsión y al asesinato sin remordimiento, encabezados siempre por el patriarca, Arquímides Puccio, quien orilló sobre todo a su hijo mayor, a engañar a allegados suyos para luego secuestrarlos.

Un impactante y brutal thriller que explica ampliamente la manera en que operaban, la presión a la que sobre todo los hijos varones eran sometidos por el padre, sus golpes millonarios y su tremenda captura luego de años de operar detrás de una máscara social de benevolencia y normalidad, incluso siendo considerados sus miembros como ejemplares miembros de la comunidad. Es la historia también de cómo una mente obsesionada puede destruir todo lo que le rodea.

Estrenada en 2015 y exhibida actualmente en diversas salas de cine del país, el filme dirigido y escrito por Pablo Trapero (Elefante blanco, en 2012; El bonaerense, en 2002), con los productores de Relatos salvajes (2014) y la estremecedora actuación de Guillermo Francella, El Clan consiguió nominación a los Premios Goya como Mejor película hispanoamericana y en el Festival de Venecia se llevó el León de Plata por Mejor director. 

Sin duda, una excelente opción en cartelera que retrata un tema tan, desafortunadamente, atemporal no sólo en Argentina, sino en todos los países del mundo. México, obviamente, no queda exento.