Crónica: El Sacrificio de las Plantas Artificiales. Deerhunter en The Regent Theatre, Los Angeles.

 Ben Magaña escucha discos y pasa el rato en shows, para luego llegar a casa ponerlo en letras y contarlo todo. En esta ocasión se dio a la tarea de asistir al concierto de Deerhunter en Los Angeles, CA. 

The Regent Theatre tiene 101 años de vida, luego de atravesar cambios de nombre –se le llamó The National Theatre durante sus primeros diez años– y de función –se exhibieron obras en gira desde Broadway, luego cine comercial para terminar con pornografía en los años 80– al estar ubicado en el distrito histórico del centro de Los Angeles, California. En 2014,  el promotor Mitchell Frank lo remodeló como un bar y sala de conciertos con una capacidad de 1,100 personas. Su funcionalidad consiste en el sistema de quien vaya llegando aparta lugar en una larga fila que se forma alrededor de la cuadra, tal y como ocurrió en versiones anteriores muchas décadas atrás. Un par de guardias de seguridad pasaron con cada una de las personas formadas revisando sus boletos e identificaciones individuales, poniéndole pulseras a aquellos mayores de edad. A exactamente noventa minutos antes del comienzo del espectáculo, las puertas de abren y cada miembro del público aparta el lugar que tendrá por el resto de la noche. Sin butacas ni asientos, pero la arquitectura es teatral sin duda, con rastros aparentes de sus mejores tiempos. Durante hora y media hubo que estar de pie escuchando una variedad ecléctica de canciones, todas obscuras, variando de idiomas y estilos. Entre cada tema, los gritos de la gente y sus aplausos aumentaban de manera exponencial, en parte por la incomodidad inusual de no tener el llamado espacio personal por noventa minutos – de pronto se apagaron las luces.

 Entre bastidores apoyado de un bastón, portando una cachucha de pescar cubriéndole el cuello, unos anteojos de sol redondos y una camisa oscura: Bradford Cox. El público absolutamente embelesado explotó en estruendosos gritos y aplausos al ritmo de su lento caminar hacia el centro del escenario, el cual estaba adornado de seis plantas artificiales. Todos los instrumentos estaban ya acomodados: De lado derecho un teclado y guitarra, al centro un teclado Nord y varios secuenciadores y pedales de efectos, a la izquierda un par de guitarras y amplificadores Fender.

Cox se postró al centro en silencio y de los secuenciadores generó un beat de ambient techno con gran estampa de hip hop, sumamente abstracto, y mediante maromas sónicas con su voz (con su respectivo arsenal de pedales de efecto), alegó el volumen de su micrófono por varios minutos. Durante la siguiente media hora, Cox realizó cinco piezas –inéditas y posiblemente improvisadas al momento– en donde la voz, los beats y todas las texturas de por medio se unieron en un hipnótico y sincopado ruido blanco. El público se estimulaba ante esos altos decibeles de experimentación. Esto era Atlas Sound, el acto abridor y el único proyecto que Cox mantiene aparte de Deerhunter. Durante la quinta pieza aparecieron los demás miembros de la agrupación, y se acomodaron en sus respectivas áreas de trabajo. El ruido se calló.

Moses Archuleta dio el conteo con sus baquetas y el galope de Desire Lanes asaltó al público. Las líneas resonantes de la guitarras, resonantes y dulces, se escuchaban débiles, los volúmenes fuera de balance y la voz del guitarrista/co-vocalista Lockett Pundt se escuchaba baja. La canción no obstante duró aproximadamente diez minutos. Inmediatamente se lanzaron a una versión muy hueca de Breaker, tema de su nuevo disco Fading Frontier. Las guitarras estaban ausentes casi por completo, logrando que la versión fuera muy diferente a la contraparte de estudio. Eran el bajo y la batería sobre una suave capa de guitarras distantes. La pausa entre Breaker y el siguiente tema fue más largo. Diez segundos después de comenzar Duplex Planet, Cox de manera abrupta voltea y calla a sus músicos. Y por primera vez en todo su tiempo en ese escenario habló, como si se hubiese quitado una máscara y mostró una honestidad directa:

“Lo siento, pero no escucho ni mi guitarra ni la de nadie! Súbanle a las guitarras!” 

Archuleta da el conteo, comienzan Duplex Planet y se detienen de nuevo. Esta vez la gente abuchea. 

“¡Amateurs!” Gritó un miembro del público.

Un Cox más encolerizado toma el micrófono de nuevo:

“Ya les dije que le suban al puto volumen de mis putas guitarras!“

 Dicho esto, Cox se quitó su guitarra y se dirigió al bastidor izquierdo y le gritó por minutos al ingeniero de sonido. Acto seguido Cox se pone su guitarra y por tercera vez comienzan el mismo tema, para pararlo de nuevo. Cabe recalcar que es la primera vez que presencio una especie de falla de semejante magnitud, era casi como si a propósito el ingeniero de sonido quiso averiar por completo el sonido de Deerhunter, uno que es delicadamente arreglado, cada detalle siempre es igual de importante. El público estaba molesto, se escuchaban varios insultos y mofas a lo que Cox exclamó al micrófono:

“¡La cagaron, hubieran comprado boletos para el show de ayer, compraron sus boletos para el show equivocado! ¡Este show vale madres!“

El abucheo creció y se comenzó a sentir un aire de incertidumbre descontenta, explosiva e inminente. Estar ahí presente, junto a la barrera que separaba el escenario del público, era ya estar expuesto a lo que fuera, empujones y gente muy estática gritando aclamos e insultos a Cox. Su tecladista, quien no está mencionado en los créditos como miembros oficial solamente gritó desde su micrófono:

"Tengamos todos sexo. Ya. Todos sexo ya.“

 Sus palabras causaron risas en el público y se notó que la tensión disminuyó.

Cox, quien tras hablar con Archuleta y Pundt de su banda regresa al micrófono y declaró:

“¡Ok, a partir de ahora vamos a apagar nuestros putos monitores! ¡No va a ver monitores en este show! ¡Te lo debo todo a ti!“

 “¡Ya te dije, sexo todos!" gritó el tecladista.

“No eres más que una mancha de meco de vampiro,“ le dijo entre risas Cox al tecladista.

Y volteando al público declaró:

 “No es cierto lo que dije hace rato. El show de hoy está más divertido. Sí compraron el boleto para show indicado.“

El público rugió, Archuleta da el conteo y arrancan una versión punk rock del tema "Revival", reflejando un sonido que ha pesar de ser errático transmitió una furia y coraje a través de sus fibras que impactaba mucho, era realmente impresionante ver a Deerhunter encabronado dándole con esa ira a sus canciones, y sin monitores era más adepto al noise punk, aunque los efectos adicionales inundaban todo de ruido blanco. "Revival" se convierte en "Rainwater Cassette Exchange" prosiguiendo el torrente de altos decibeles. No era nada parecida la música a lo que todos conocíamos, muchos solamente veían en asombro y otros se movían al ritmo. Acto seguido, Deerhunter empezó una versión impar de "Nothing Ever Happened", dirigida por los ritmos de krautrock de Archuleta, y la intensidad que todos los músicos reflejaban. Cox no se escuchaba a sí mismo, entonces sus gritos comenzaban a ser más viscerales y primales, lo que en momentos causó una serie de actos no muy comunes en conciertos de música contemporánea, un par de jóvenes empezaron un crowd surfing desesperanzadamente torpe, ambos cayendo al suelo. Una joven rubia se subió al escenario y abrazó a Cox, quien la puso a tocar el teclado Nord y le ordenó que mantuviera una nota en el teclado. Ella obedeció y de pronto dos que tres personas se subieron también a acosar a Cox, quien le hizo una señal a su manager, quien ordenó a los guardias que quitaran a esas personas del escenario. El público estaba ya vuelo loco, y se sentía que podía pasar cualquier cosa. El aire de incertidumbre resultaba en una exposición de arte audiovisual impresionista, un happening espontáneo e improvisado al ritmo del krautrock. De pronto Cox empezó a gritar a todo pulmón al insistente ritmo de Archuleta:

“¡Horses! ¡Horses! ¡Horses! ¡Horses! ¡Horses! ¡Horses…!“

 Era un poco conmovedor ver la desesperación de Cox al rendirle un tributo de último momento al clásico de Patti Smith. Esta frenética ejecución de "Nothing Ever Happened" duró más de veinte minutos, algo realmente fuera de serie, y la furia que todos los músicos mantuvieron a perfección durante todo el concierto reflejó lo valiosos que le son al proyecto. Al término del tema, Cox presentó a sus músicos y a la chava a quien no conocía. Ella le dio un beso en la boca y la manager se la llevó.

Comenzaron otro tema el cual durante su intro fue difícil de discernir, seguido del:

“Take my hand and pray with me…"

El público explotó y cantaron en unísono "Helicopter" con Cox, mientras los demás realizaban un ejecución que recordaba al sonido oscuro de Steve Ablini, rudo y fuerte en bajos. Para el coda del tema, al mantenerse el chillante feedback de sus guitarras, Cox tomó una maceta de las plantas y las agitó. Inmediatamente, todos los miembros de Deerhunter hicieron lo mismo. En un acto que nos recordaba la teatralidad de Alice Cooper, Cox tomó las macetas y las lanzó al público, quien en trance visceral las destrozaron en cuestión de segundos. Esto era ya un acto de un happening, tal cual un performance art de los más altos calibres, porque no solamente era absolutamente humano en esencia, sino que llevaba una espontaneidad franca no vista de tal manera desde los shows de Miles Davis –Cox últimamente ha declarado su influencia– y Sun Ra, pero visto ya en panorama macro, incluía elementos de músicas del último siglo, rastros de John Cage, Karlheinz Stockhausen, pero también la ira animal de Iggy Pop y Kurt Cobain. El sacrificio de las plantas artificiales simbolizó lo absurdo que puede llegar a ser un espectáculo surreal, originado de un concierto fallido. La solución que Bradford Cox encontró a su problema de un sonido de la chingada.

Luego del sacrificio de las plantas, salen todos los miembros de Deerhunter del escenario. Minutos después regresan y rápidamente comenzaron una versión agresiva de "Monomania", tema que se extendió a más de diez minutos, y del cual uno por uno salieron del escenario todos los miembros hasta el momento en el que Cox se encontraba al principio del show, detrás de sus teclados, moviéndole a los secuenciadores. Su manager apareció en el escenario y apoyado por ella y su bastón, en absoluto silencio, Bradford Cox abandonó el escenario. Rápidamente se encendieron las luces y fue el momento de la retirada. Se escuchaban los comentarios de toda la gente cuestionar lo que se había presenciado. ¿Acaso vimos algo histórico? ¿Es comparable con otros shows legendarios que también siempre se han pintado de memorables, como el que la figura inglesa Tony Wilson presenció de los Sex Pistols en Manchester en 1976?

La realidad es que fue una rara oportunidad de poder, entre las líneas por supuesto, echar un vistazo al cuarto de máquinas de Bradford Cox, cómo piensa, cómo maneja una situación, cómo resuelve un problema y cómo su método de improvisación siempre parece estar sobresaturado de muchísimos datos/géneros/estilos/referencias. Fue un deleite increíble la temerosa situación en la que nos vimos en el público esa memorable noche del sábado 17 de octubre, un acontecimiento en el que a nosotros nos llenó de referencias también, uno se acuerda de las historias leídas de shows de Rock & Roll de los 60, cuando en los shows de los Rolling Stones siempre generaban motines y miembros del escenario literalmente no dejaban tocar a los músicos mediante sus acosos físicos. Un circo radical y orgánico se generó, y a pesar de no ser el show que Deerhunter va a tocar en el resto de esta gira, este show fue una edición especial del concierto de esta banda, una rara oportunidad de ver en su máxima expresión al genio musical más grande nuestro siglo atravesando una catarsis real y genuina, enfrente de su público. Cox vive para el escenario, y para este autor, ningún escenario jamás será igual tras este brillante master class de la mejor música de nuestro tiempo