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cuentos chiquitos que de grandes quieren ser novelas.

Año 4014. Son buenos tiempos para la humanidad. Es una época de innovación y descubrimientos impresionantes. Las jornadas laborales han sido reducidas a 4 horas, 4 días por semana y con descanso de 4 meses.

Todo el conocimiento humano y científico se resguarda en cápsulas de información “solar primaria” (para los que leen esto en el pasado, es tecnología similar a la “digital”), que están disponibles para cualquier poblador del planeta sin ningún costo. Todo lo que hay que hacer para obtener un conocimiento es ir al capsularium y tomarse la dosis correcta en ayunas.

La tecnología ha reducido los índices de pobreza, desempleo, criminalidad y analfabetismo a un 0%, logrando que todo el presupuesto dedicado a prisiones, armas, milicia y ayuda social se reinviertan en más tecnología.

Pero no todos trabajan 4 horas y se van a su casa a recrearse frente a la gammavisión. Uno de ellos es el doctor Pancho Revilla, tataranieto del héroe revolucionario del mismo nombre, caído en batalla el 20 de noviembre del año 3001. Sus profundas y famosas raíces familiares lo dejaron obsesionado por la arqueología, así que dedica al menos 13 horas al día a hacer excavaciones clandestinas en busca del testamento de su tatarabuelo.

En esta tarea era acompañado ocasionalmente por Mayo O’neil, una joven reportera con un nivel de curiosidad que no se veía desde el año 3522.

El doctor Revilla prefería hacer sus expediciones durante el invierno nuclear, porque el clima era tan terrible que la gente se encerraba en sus casas después de ir al trabajo. Uno de esos días, acompañado de Mayo, fueron a cavar tumbas a un cementerio. Habían estado ahí varias veces cavando debajo del mausoleo familiar de un industrial que murió hace 100 años sin dejar descendencia.

A punto de rendirse y cambiar de estrategia, y después de cavar 5 metros bajo el mausoleo, su pala tocó algo. Siguió cavando, dirigió sus luces y limpió la zona. Bajo sus pies yacían dos piedras antiguas. Una decía “Esteban Chambas, inventor, innovador, rebelde. 1955-2011”. La otra “Guillermo Puertas, inventor, innovador, geek. 1955-2024”. Los restos estaban prácticamente pulverizados, pero en sus tumbas habían aparatos muy sofisticados para su época. Mucho más sofisticados que las herramientas de hueso y piedra que él mismo había encontrado y datado de finales del siglo 25. Obviamente no tenía sentido.

El doctor no lo sabía aún, pero poco a poco lograría resucitar esos antiguos aparatos sólo para descubrir que 2000 años atrás, la humanidad llegó a un nivel de logros tecnológicos impresionantes y eventualmente dejaron de pasar el conocimiento en soportes físicos, se hicieron completamente dependientes de sus propias creaciones tecnológicas para sobrevivir como sociedad. Hasta que se acabaron los recursos de los que tomaban la energía.

No le tomó mucho tiempo darse cuenta que 2000 años después, la humanidad iba caminando directamente a una nueva crisis mundial y una eventual extinción. Él es el único que lo sabe y puede hacer algo al respecto. Y nadie le va a creer.

 

Agradecimiento especial a Marco Aguirre @sienone por la ilustración.