primeras páginas.

cuentos chiquitos que de grandes quieren ser novelas.

Ilustración cortesía de Marco Aguirre @sienone

Julio compró una guitarra negra para festejar sus 15 años. Una Telecaster cualquiera, hecha en México. La compró nueva y le costó barata. Pero el hecho de que no fuera un modelo caro ni particular no le impidió llegar a ser especial.

Como buen guitarrista novato, le puso nombre de mujer: Lucía. La idea de tocar la guitarra le recordaba a su papá, cuando se sentaba en la sala, sacaba la vieja guitarra de Paracho  y ponía su disco favorito en la tornamesa: Mediterráneo de Joan Manuel Serrat. Julio se entretenía tratando de descifrar el efecto fotográfico de la portada, donde Serrat y su playerita aparecían medio desvanecidos frente al mar.

Con Lucía, Julio aprendió a tocar. Aprendió que esas 6 cuerdas  le podían revelar la realidad en su forma más cruda. O que se podía deslizar sobre ellas para escapar de la banalidad de la existencia.

Pasó por su etapa de punk, de reggae, de garagepop y de metal. Y ni en su etapa de trovador abandonó a Lucía. Pero Lucía tenía alma viajera, y su corazón de maple se estaba marchitando.

Un día, saliendo de una tocada en Puebla, Julio descuidadamente dejó a Lucía en el asiento de atrás del auto mientras se comía una cemita en el mercado. Al regresar, en su lugar sólo quedaban los cristales que evidenciaban el doloroso secuestro. Julio quedó devastado.

Lucía, tampoco la pasó muy bien, cayó en manos de un ladronzuelo sin oído para la música ni manos para la buena madera. La trató mal, la dejó llenarse de polvo y finalmente rebajó su valor cuanto pudo para deshacerse de ella. Fue entonces que revivió.

Su nuevo dueño, Alfonso, era un viejo que no tenía ni quería trabajo. Se había retirado hacía años del negocio de la música buscando una vida más tranquila. No la encontró hasta encontrarse con Lucía. Pasaron tardes enteras en el balcón; fumando, tomando y jugando a cantar hasta amanecer.

Fueron años increíbles, hasta que Alfonso dijo adiós. Lucía lloró en silencio los 3 años que duró el juicio de sucesión entre los hijos de Alfonso. Finalmente, la guitarra fue asignada a Lucas, junto con una caja de puros, una colección de revistas y las fotos de su padre con Elvis, Mick Jagger y John Lennon. Vendió todo en la Lagunilla.

Un hombre curioseaba por el mercado de antigüedades y la vio. Su esposa y su hijo siguieron caminando hasta que él les soltó la mano. Estaba perplejo frente a ella. Estaba rayada, golpeada, oxidada y perfecta. Estaba parada con porte y orgullo junto a una pila de viniles, encabezada por “Mediterráneo” de Serrat.

“Qué bien te vienen los años”, le dijo Julio mientras le pagaba al vendedor y ponía a Lucía en las manos de su hijo y con un nudo en la garganta le decía: “Con una guitarra no se aprender a tocar, simplemente se aprende”.