primeras páginas.

cuentos chiquitos que de grandes quieren ser novelas.

Ilustración de Maripi Glez. Mira más de su trabajo aquí.

¿De dónde vienen las olas?

Una vez, hace no mucho tiempo, iba cruzando el Atlántico hacia las nuevas tierras descubiertas por un tal Colón. Me soltaron de prisión cuatro meses antes de todo esto, y no fue porque hubiera acabado mi condena. En realidad, ya no había cupo en ninguna celda, y me ofrecieron salir libre a cambio de cruzar el mar hacia el occidente y conquistar la tierra bajo el mando de Juan de Grijalva. Era un gran trato, considerando que iba a pasar toda la vida en la cárcel por matar a 3 gendarmes de la Guardia Real a puño limpio.

Un par de semanas después de zarpar, empecé a conocer el mar. Y me refiero a conocerlo bien. Crecí en la costa, acostumbrado a batallar con las olas y agradecerle al mar la comida de cada día. Pero esta travesía me demostró lo poco que sabía en realidad de este mundo azul, salado y traicionero.

Un buen día, mientras observaba ociosamente el horizonte, un chiquillo huérfano que había en la tripulación se paró junto a mí y preguntó al aire: “¿De dónde vienen las olas?”

Menuda pregunta la de este mozalbete. Todo el mundo sabe de dónde vienen las olas. ¿O no?

Esa noche, me desperté sudando y jadeando. Una confusión terrible se apoderó de mi cabeza. Por alguna razón, mi instinto me llevó al camarote que quedaba al fondo del pasillo, donde dormía el chiquillo. Lo busqué en silencio y a tientas. Su tablón de dormir estaba vacío.

Salí a la cubierta cubierto de sudor y lleno de dudas. Me acerqué al punto exacto donde había visto al niño por última vez. Mi razón me dijo que lo buscara en el agua, cerca del casco del barco. Pero mi instinto dirigió mis ojos hacia el horizonte, de donde la luna estaba asomándose. En un abrir y cerrar de ojos, una enorme figura eclipsó la luna, hizo sonar un estrépito de agua y espuma y balanceó al barco suavemente.

No lo veía claramente, pero sabía que se movía lentamente hacia mí. Escuchaba en su voz la voz del niño. Y adivinaba en su silueta, su tremenda magnitud. De pronto, todo se detuvo. El movimiento, la voz, la sensación. Por un segundo, sentí ser arrancado de la realidad y súbitamente regresar. Entonces asomó sus ojos fuera del agua, me miró fijamente, y sin hablar, me contó todos sus secretos. Secretos que guardaré para siempre. Los secretos que sólo puede revelar el espíritu del mar.