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Cuentos Chiquitos Que De Grandes Quieren Ser Novelas.

Jorge y Arturo platicaban entre bocado y bocado. Estaban en los tacos de guisado disfrutando delicadezas como papa capeada y chicharrón en salsa verde. Como buenos Godínez, hablaban de trabajo, y como muy buenos Godínez, se quejaban de él.

--“N’ombre, otra vez el cochino Juárez me mandó mal la factura del proveedor.”

--“Oye, Arturo, ¿y él donde trabaja exactamente?”

--“En el siglo XXI, ya sabes cómo son esos mensos”.

Era noviembre de 1999, se acercaba el fatídico cambio de milenio que había causado pavor durante la década entera. Pero todo el mundo estaba muy tranquilo, todos sabían que no había de qué preocuparse.

Vámonos a 1985. La Comisión Omnilateral de Naciones Contra el Fin del Mundo (CONCFM) entró en sesión por primera vez. Era un conjunto de dignatarios, científicos y todo tipo de genios (según) que afirmaban que el Y2K iba a ser catastrófico para la humanidad.

Y en lugar de probar aviones no tripulados con el calendario adelantado, se dieron a la tarea de comisionar la creación de una máquina del tiempo para volver a los 60’s y pedirle a Bill Gates y Steve Jobs que programaran los calendarios de las computadoras hasta el año 3,000. Este trabajo se le comisionó a un grupo de científicos latinoamericanos y se financió con dinero del hombre más rico de México.

Para 1990, el primer prototipo funcional fue presentado a la CONCFM. En realidad era un aparato bastante sencillo, muy parecido a un fax. Habían aprovechado la tecnología de la compañía de teléfonos propiedad del magnate mexicano, pero sólo había un detalle: la máquina no servía para viajar en el tiempo, sino para enviar información hacia el pasado y el futuro. --“Menudo problemita, señores.” dijo el rey de España mientras le tiraba a Hugo Chávez una mirada de complicidad, “Así que habéis hecho un fax para salvar al mundo”.

En realidad era una gran idea, porque eliminaba cualquier posibilidad de paradojas en la continuidad del tiempo y el espacio (el doc Brown tenía razón), y lo mejor de todo era que no tenían que convencer a nadie del pasado de la veracidad del proyecto, simplemente tenían que dejar la máquina funcionando por unos 5 años y enviarle un fax a sus “yos” presentes en la CONCFM. Y aquí es donde la cosa se pone rara, porque exactamente 3 minutos después de planearlo llegó el fax. El salón estalló en aplausos, los gringos se abrazaron con los cubanos y hasta los chilenos con los argentinos. Estaban en el camino correcto para salvar al mundo.

Con el tiempo, Jorge y Arturo del futuro (por ahí de 1994) empezaron a usar la máquina para que sus “yo” del pasado hicieran por adelantado todo el trabajo administrativo que les daba flojera hacer y así sus reportes siempre se entregaban a tiempo. Incluso cuando cometían errores o los reportes no satisfacían a sus jefes, podían volver a enviarlos al pasado para corregirlos y siempre tener todo a punto y a tiempo. Y si era un trabajo difícil de hacer, simplemente lo enviaban de regreso a una fecha más lejana en el pasado, para que el yo de esa época tuviera suficiente tiempo para resolverlo.

Naturalmente, esta situación empezó a irritar a Jorge, y especialmente a Arturo de 1990 y empezaron a quejarse con sus superiores. Se sentían abusados y estaban sobrecargados de trabajo: tenían que hacer el suyo del presente y el del futuro. Arturo entró a la oficina de su jefe con la cara roja de coraje y vociferando: “No puede ser, jefe, nos están matando con tanto trabajo. Llevo dos semanas prácticamente viviendo en la oficina porque Juárez el del siglo XXI no deja de mandarme su chamba atrasada. Lo peor es que nadie hace nada para resolverlo”.

Su jefe estaba más o menos enterado de la situación, pero no había hecho nada al respecto porque este “problema” había elevado la productividad administrativa en un 250%, y tampoco le importaba demasiado si los empleados estaban contentos o no, mientras hicieran su trabajo. Todo esto lo cuento para decir que si el tipo hubiera podido, no hubiera hecho nada por nuestros infelices Godínez. Pero esta vez volteó a ver a Arturo con un asombro genuino y le dijo: “Señor Juárez, honestamente no entiendo qué quiere que yo haga. Piénselo bien, la persona a quien usted acusa es usted mismo. La única solución que se me ocurre es correrlo a usted ahorita mismo para evitar que usted mismo del futuro se mande reportes.”

Arturo se quedó pensativo por un largo rato, se dio cuenta del tipo de persona que era y en quién se había convertido. Alzó la mirada, ahora vacía de emociones, y dijo en voz baja: “es una gran paradoja”.

No, Arturo, la gran paradoja es haber convertido el mayor logro científico de la historia en la máquina más Godínez del mundo.

 

Ilustración por Marco Aguirre @SienOne