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Cuentos Chiquitos Que De Grandes Quieren Ser Novelas

Llegamos de noche. Veníamos Lalo, Ricardo, Laura y yo. Habíamos pedido un Uber para compartir la tarifa. El lugar era una de esas casas viejas y enormes en la Roma, con corredores largos y techos de casi 3 metros de altura.

Nuestro anfitrión era un tipo raro, Emiliano de la Barquera y Góngora. Supuestamente era de familia nice, y había heredado la casa de sus papás y un montón de lana de un tío que en realidad no era su tío. Como que era amigo de su papá y luego fueron socios en algo, o algo así. Esa historia nunca nos quedó clara y preferíamos no hacer muchas preguntas para que nos siguiera invitando a sus fiestas.

El caso es que este cuate ni nos caía bien, pero siempre ponía su casa para la fiesta y sus papás nunca estaban. O estaban muertos. O algo así. Vaya, podíamos ponernos todos idiotas gratis porque nunca pedía cópera, y llevábamos a las chavas a alguno de los 15 cuartos de la casa para echar un saludable fajecito. Bueno, a todos los cuartos menos el del fondo, que siempre estaba cerrado con llave. Era el cuarto misterioso de Emiliano. Misterioso porque nadie había entrado, pero también porque con unos alcoholes encima, nos inventábamos historias cada vez más raras acerca de lo que había adentro.

Ese día no fue la excepción. Entramos a la casa justo cuando se estaba poniendo el sol, que era el momento en que Emiliano quitaba el cerrojo y se iba a sentar a la sala, siempre en la misma posición y siempre en el mismo sillón.

Empezamos a tomar mientras ignorábamos a Emiliano y a los invitados que iban llegando. Mi amiga Laura nos llevó a la cocina y empezó a hablar muy bajo --“Oigan, me enteré que en esta casa hay un fantasma”. Ricardo puso ojos en blanco y le respondió exasperado, --”Hueva con ese tema, ¿no? --Les juro que puede ser cierto, me contó la viejita de la tienda de enfrente. Ella conoció a los papás de este güey. Además, ¿cómo explicas lo de su cuarto?
 
Se me ocurrió que dejáramos de discutirlo y fuéramos a abrir el famoso cuarto para ver qué había adentro. Mientras cruzábamos la sala, vi a Emiliano de reojo y me pareció verlo sonreír por primera vez. Envalentonados, corrimos hasta el fondo del corredor y me aventé de patada voladora hacia la puerta. Nos costó muy poco esfuerzo abrirla, pero nos iba a costar mucho trabajo reponernos de lo que vimos: los papás de Emiliano estaban semiconscientes, amarrados de brazos y piernas, desnudos de la cintura para abajo y sentados en retretes.
 

La puerta se cerró y me quedé paralizado del miedo. Laura se desmayó y Lalo lo confrontó. Emiliano, sin despeinarse, lo sentó de un golpe seco a la quijada. Se paró junto a su papá, y mientras lo veía a los ojos, susurró: --“¿Te acuerdas de lo orgulloso que te sentías de cagar dinero?” El señor se puso rojo y pujó dos veces mientras le salía su último rollo de billetes de $500.

Con una velocidad impresionante, sacó una pistola de su abrigo. Hizo sólo 3 disparos, justo entre los ojos de mis amigos. --“Lánzate por hielos y ármate la cópera de lo que han tomado los invitados desde que me conoces”.

Ahora peno todos los fines de semana en esta mansión tenebrosa, armando la cópera para alcancen el alcohol y los hielos.

 

Ilustración por @Sien One