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Cuentos Chiquitos Que De Grandes Quieren Ser Novelas

TRANSBORDO

Voy caminando por los pasillos del metro Tacubaya. Estoy en la línea anaranjada y me tengo que pasar a la café en dirección a Pantitlán. He caminado todo el día y no puedo más. Me duele desde la punta del dedo gordo hasta el nenepil.

Para acabarla de amolar, el metro está atascado. Voy avanzando como puedo y periódicamente me detengo a tomar aire. La gente pasa a mi lado sin siquiera fijarse. Me empujan, me pegan con sus mochilas y hasta voltean y me mientan la madre por no moverme.

Ya casi llego, viene la vuelta donde se separan la línea de Observatorio y la café. Según recuerdo, vienen dos escaleras eléctricas. Nunca pensé desear tanto unas escaleras eléctricas.

Tengo un dolor agudo en el lado derecho del abdomen, como si tuviera un fierro hirviendo atorado entre mis intestinos. No sé si tengo fiebre o simplemente hace demasiado calor. No puedo creer que tanta gente quepa en un hoyo en el subsuelo sin que todos nos sofoquemos.

Mala noticia, no sirve la primera escalera eléctrica. No sé si lo voy a lograr, pero si no subo ¿qué voy a hacer? ¿Tirarme en el piso y esperar hasta el otro día? Va a ser mejor que llegue cuanto antes a mi destino, no hay tiempo para recuperarme. Me armo de valor (en realidad es resignación, pero haz de cuenta) y subo el primer escalón con la pierna izquierda. No está tan mal, creo que lo voy a lograr. Ahora vamos por la pierna derecha. Subo el siguiente escalón y siento como si me rasgaran el abdomen por dentro. Voy a tratar de no gritar y seguir subiendo poco a poco.

Voy a la mitad de la escalera, ya pegué dos gritos y algunas personas se me quedan viendo. Tengo que lograr subir de una vez. Ah, descubrí que si subo de ladito me duele menos, creo que ya la hice.

Escaleras eléctricas, cuánto las extrañé. La segunda escalera está más abarrotada que las oficinas del PRD cuando regalan tortas y frutsis. Uffff, qué bien me caería un frutsi congelado. Unos metros más y estoy en el vagón.

Ya pasaron tres trenes y apenas me pude subir. El dolor es cada vez más intenso, y viajar en el mismo vagón que otros 70 pelados no está ayudando. La señora de al lado trae un costal lleno de frituras y me da codazos cada vez que la inercia del tren me avienta hacia ella. Mugrosa gorda, ni que la quisiera toquetear.

Estoy cada vez más mareado, me duele la cabeza y estoy algo confundido. Me estoy tocando el abdomen y la sangre que me estaba saliendo ya empezó a verse por fuera de la chamarra. Espero que nadie lo note.

Apenas van dos estaciones y ya me cuesta trabajo mantenerme parado. En serio creo que me estoy muriendo, creo que antes de llegar a la estación Lázaro Cárdenas me enfrío.

Quisiera pensar en mi familia, en mi novia. En los recuerdos de mi infancia o los momentos felices de mi juventud. Quisiera estar pensando en las cosas que logré y en la gente que quise.

Pero todo lo que puedo pensar es que todavía me falta transbordar en Chabacano.

Fotografía e ilustración de Marco Aguirre (Sien one).