Arrebato, Luis Daniel Hernández

Durante el mes de octubre y noviembre, NYLON Español publicará una selección de poemas y cuentos cortos– de fantasía y terror– de escritores noveles y autores publicados. Aquí el cuento de hoy. 

 


 

Arrebato
Por Luis Daniel Hernández

Cuando te llegue esta carta faltarán un par de días para volver a vernos y no he podido menos que recordar la última vez que lo hicimos. Me acuerdo perfectamente, fue, quizá, el día más feliz de mi vida. Tú me habías invitado a aquel viejo caserón que heredaste de tus abuelos. Recuerdo que cuando el taxista me dejó como a dos kilómetros de tu casa, pensé que me moriría por el peso de los bultos. La verdad, él me insistió en que la carretera era demasiado mala para el coche pero yo no la vi tan destrozada. Había algo extraño en su negativa.

Cuando al fin llegué al caserón me saliste a recibir a la puerta y me diste un abrazo. Llevábamos como tres años sin vernos, desde la universidad. Me sentí profundamente feliz. Me enseñaste casi toda la casa porque había partes en las que no me dejaste entrar. La estabas reformando y decías que podría ser peligroso. ¿Acabaste ya las obras?. Espero que sí. Ardo en deseos de ver esas "misteriosas" estancias. Dejé mis cosas en el cuarto y me di una ducha de agua hirviendo. El vapor me cubrió y me dejó en un estado de semiconsciencia muy agradable.

Me propusiste que, antes de cenar, saliésemos a dar un paseo por los alrededores, para que conociese la zona. No se veía casa alguna ni mucho menos gente. Tú te reías cuando yo te decía que eras un raro. De igual manera, siempre te recuerdo como un poco extravagante, con tus silencios, con tus secretos.

¿Te acuerdas cómo cerca de los riscos afilados de la costa una ola nos cubrió de espuma liquida, casi evanescente? Yo protestaba y tú me decías que no aguantaba nada. ¡Te reías por todo! Y yo comenzaba a sentirme feliz, como si ya perteneciese a ese lugar del que tantas veces, en el piso que compartimos de estudiantes o a través de tus cartas, me habías hablado. Un suave céfiro nos despeinaba cuando regresábamos a la casa. Las hojas de los arboles se movían con armonía musical y tú gritaste como un loco. Me explicaste que por eso amabas ese lugar, porque podías hacer lo que quisieras sin tener que explicarte ante nadie. Me diste un abrazo, recuerdo. Quise quedarme allí, para siempre, sintiendo como tu pecho se hinchaba y deshinchaba sobre el mío, como el roce de tu incipiente barba se enredaba en la descuidada mía.

*

La cena estaba riquísima, ese vino del color de la sangre de dinosaurio, suave en el paladar, fuego en la garganta. Todo perfecto. La casa era algo oscura, eso sí. Tú me explicaste que no podías abrir las ventanas por no sé qué problema, y que el suministro eléctrico no era de muy buena calidad en la zona. No importaba nada. Las velas que iluminando débilmente cada rincón, bastaban y daban una sensación de extraña placidez.

La charla fue divertida e interesante. ¿Te acuerdas de la discusión sobre Roberto Arlt? A mí me aburría y a ti te apasionaban sus cuentos. Bueno, al fin he tenido que darte la razón. Creo que me he convertido en todo un experto sobre el argentino. También hablamos de grupos de chicas de la Motown, y de los compañeros de estudios. Pobre Andrés, qué pena me dio cuando me contaste que había muerto.

Después de un par de cafés vimos películas. Nosferatu y Arrebato. ¿Lo recuerdas? Me dijiste de Arrebato: "Ya verás cómo te gusta". Y claro que me gustó. Comenté que Cecilia Roth estaba mucho más guapa ahora. De eso si que me acuerdo perfectamente. ¡Cómo me gustó aquella película! Nunca más la he vuelto a ver. ¿Me prometes que la veremos otra vez juntos, como aquella noche? Verla sólo me daría demasiada pena y todo lo que me recuerda a ti es lo contrario a la pena.

Después posé mi cabeza sobre tu regazo y nos quedamos así, en silencio por un rato. Afuera los lobos aullaban y yo sentí mucho miedo, pero no lo dije. Tú ensortijabas tus dedos entre mis rizos, y mi cabeza, posada en tu sexo, poco a poco se vaciaba de contenido y se llenaba de paz. Aún siento tus dedos entre mis cabellos, cuando tocabas mi cuello, con una fragilidad y destreza propia de un pianista. Me recordaste otra vez en la que estuvimos en una situación similar, cuando compartíamos piso. Yo no había olvidado aquello jamas, pero me hice el despistado sólo para que tú me lo contases con tu voz de plata, con tus detalles de pintor barroco. Me encantaba abandonarme a tus historias, que, aunque las hubiese vivido yo, me parecían nacer de nuevo en la suavidad de tu boca.

La noche transcurría, y yo me incorporé. Y te besé. ¿Lo recuerdas? Multitud de pequeños chispazos explotaban en el centro de mi cerebro. Tú boca aún tenía ese sabor característico y único del vino que me diste. Y nuestras lenguas juguetearon por un rato. Yo entonces quise decirte que salía con un chico, que tenía novio, pero me pareció que era una estupidez. Comenzaste a desvestirme.

Mis manos se volvieron torpes y pesadas, y sólo me dejé hacer. Tú comenzaste a hablarme al oído y yo ya no veía nada. Nunca me había abandonado a nadie así. Tú me dijiste que después de lo de la universidad, no habías vuelto a estar con otro chico, pero no te creí. ¡Qué mentiroso fuiste siempre! Entrelazamos nuestros cuerpos en una suerte de espiral infinita, y, te juro, ya no recuerdo nada más hasta la mañana siguiente.

Cuando desperté, noté una aguda punzada en mi sien. Lo achaqué al vino. Traté de abrir una ventana, pero recordé que no se podía. Encendí una de esas débiles bombillas que empenumbrecían más las habitaciones. Grité tu nombre, pero no respondiste. Te busqué en tu habitación pero supuse que habrías salido. Me sentí un poco molesto, pero como tenía prisa porque debía de tomar el tren, no tuve tiempo en entretenerme en mis lamentos. 

Lo último que recuerdo es algo que seguro te va a hacer reir. Llevé mis cosas de aseo al baño y, tras ducharme, me puse frente a un roído espejo, me enjaboné la cara para afeitarme y, cuando apuraba el afeitado, me di cuenta de algo. Hacia la mitad de mi cuello, duro y blanco como el nácar, allí, como un par de simétricas picaduras de mosquito, tenía dos pequeñas marcas negras, diminutas. Acerqué un dedo a ellas y noté que me dolían un poco. No podía recordar cómo me las hice. Pero, y esto te parecerá lo más sorprendente, cuando las toqué supe que nunca podría dejar de pertenecer a ese viejo caserón. De pertenecer a ti.  ♦