A la medida de la niña de otros ojos

Ilustración: Peras y Manzanas

 

 


 

 

A LA MEDIDA DE LA NIÑA DE OTROS OJOS
Por Bárbara González 

 

Escribo este texto en la computadora de casa de mis padres, el aparato que usé para escribir mis trabajos de la universidad así como mis primeros dramas románticos con Intel Inside en el chat de Microsoft Messenger. Espero haber cambiado. Quisiera pensar que a lo largo de los años he logrado realizar una maniobra peligrosa: saltar del tren Inmadurez antes de que llegue a la estación Inseguridad sin ayuda de un doble de acción; y que, de alguna manera inexplicable pero lógica para mi película sin continuista, aterricé en la fiesta de las mujeres empoderadas donde sólo sirven cocteles de independencia y canapés de autoestima. En teoría, ahora no deberían importarme nimiedades como que a mi interés romántico no le guste cómo me visto. “Fuck the police” digo mientras me pongo una blusa con cuello más Peter Pan que Peter Punk. Pero miento, en el fondo, me sigue importando un poco (o un mucho).

Hay algo acerca de presentarte frente al objeto de tu afecto tal cual te trajiste a este mundo, es decir, con tus elecciones: da miedo. Cuando lo hacemos (suenan pequeños redobles de tambores imaginarios), existe el riesgo de que no le vaya a gustar lo que traemos puesto. Nada grave, sólo puede significar (maestro, más tambores imaginarios, por favor) que no le guste quienes realmente somos.

Mira, ahí viene el chico que te gusta, actúa natural y ponte todo lo que crees que le podría gustar

Entro a cualquier página de internet y de alguna manera siempre aparece una liga a un artículo que lleva un título del estilo “10 cosas que no sabías que les gusta a los chicos que uses”. Si decido darle clic, se me revelará el hilo negro del vestido: sabré que les encanta que use ropa ceñida que, cito textualmente, “haga volar su imaginación pero no tanto” (porque seguramente este tipo de artículos dirá también que no está bien que le dé permiso para usar mi pista de aterrizaje tan pronto); y que —¡oh sorpresa!— les gusta que sea yo misma; consejo que si hubiera seguido desde un principio me hubiera evitado entrar a esta página de internet.

Podríamos sentirnos culpables por pensar en otra persona a la hora de vestirnos, sin embargo, lo realmente deshonesto es creer que somos criaturas que no buscamos la aprobación de nadie. Quizás, para empezar a ser fiel a una misma, habría que aceptar lo último. ¿Quién no quisiera ser Molly Ringwald en el final de Pretty in Pink y entrar al eterno baile de graduación que es la vida para que, del otro lado del cuarto, nos miren embobados James Spader y Andrew McCarty como si nunca antes hubieran visto a una reina del new wave usando un vestido rosa? Sin embargo, valdría la pena tomar en consideración que, aunque es bonito que les guste lo que traemos puesto, es más divertido que a nosotras nos guste primero.

Y aquí viene la parte interesante. 

La parte interesante

Al vestirnos creamos un diálogo con nosotras mismas que difícilmente podríamos tener con nadie más. Sucede cuando escogemos la ropa pensando en un personaje o una clase de ambiente que sólo nosotras entendemos.

Como ese día que decidiste usar una gabardina tres tallas más grande que la tuya y una falda entallada porque te hacía sentir como tu propia Gillian Anderson que sí podría creer en el fenómeno OVNI; o cuando usaste un vestido negro en corte A porque te hacía sentir tan elegante y sobria como la viuda de un astronauta en los años sesenta fotografiada para la revista Time; o porque elegir una falda tableada y tacones rojos para un día nublado, reflejaba a tu Audrey Horne interna; o quizás te sentiste como la última heroína de la Nouvelle Vague y elegiste usar una falda tableada a la Anna Karina combinada con delineador negro para resaltar tu ojos y tu desesperación por vivir. A lo mejor es más simple que eso y sólo querías usar los pantalones acampanados que tu novio casi no entiende pero que te hacen sentir muy bien.

No importa como sea, resulta que escogemos un conjunto de prendas que hablan de nosotras y de lo que pensamos; sólo nosotras entendemos a la perfección ese lenguaje, lo que es un gran paso en el camino de convertirnos en el C.E.O. de nuestro propio destino.

Entra una mujer a un bar llevando puesto todo aquello que le pueda gustar al otro

Es muy tentador vestirse de acuerdo con lo que creemos que le gustaría a alguien más y asegurarnos así (porque obviamente no puede ser de otra manera) que seremos amados por esa persona para siempre, o por lo menos, lo que resta de la siguiente hora. Sólo hay un pequeño problema: si no hacemos elecciones para nosotras mismas, incluida en ellas la ropa,  no podemos amar de otra manera más que de la impuesta por una cultura donde el otro siempre queda en el centro de nuestra vida. Es peligroso: si éste se va, nos quedaremos vacías, rodeadas solamente por vestidos ceñidos-pero-no-demasiado que ni siquiera nos gustan tanto.

Así que celebremos que existan diseñadoras como Rei Kawakubo, fundadora de Comme des Garçons. Sus piezas, que se ajustan de un lado mientras que se abultan y deforman del otro, no tienen por objeto preparar a una mujer para la seducción. Kawakubo diseñaba para las mujeres que no estaban influidas por lo que pensaran sus maridos. En sus palabras:  “la formalidad del matrimonio no tenía por qué afectar el estilo de vida de una mujer”(o incluso, me atrevería a agregar, la formalidad de que te guste alguien).

Ya decía Simone de Bouvoir que ser egoísta es el principio del amor. Si nuestro Yo no está al centro de la vida propia, incluida la decisión de usar ese suéter amarillo que nos queda enorme pero nos hace feliz, no es posible amar a los demás. Y vamos, quién no escucharía a un geniecillo de la literatura que se vestía tan bien.

La defensa del egoísmo en el guardarropa descansa, Su Señoría.

 

Top 5 de chicas que se visten (genial) para ellas mismas:

Parker Posey en Party Girl.

Clarissa lo explica todo

Pippi Longstocking

Chloë Sevigny

Iris Apfel

 

 

Ilustración: Peras y Manzanas

 

 

 

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