¿Quieren las chicas de mi generación ser mamás?

Foto Dara Scully 

Al fin es nuestro momento. Al fin la palabra mujer se escribe y no tiembla. Al fin comenzamos a dejar atrás el sinónimo de estigma, vergüenza, o inferioridad. Reconozcámoslo: ser feminista está de moda. Cada día descubrimos a mujeres que cambiaron la historia, que fueron ninguneadas, escondidas, atacadas. Hoy ser mujer significa voz, levantamiento, reivindicación. Hoy ser mujer no se reduce a la palabra vientre, a la palabra madre. Hoy ser mujer también significa infinito.

Trabajamos, creamos, dibujamos, fotografiamos, diseñamos, escribimos, pero… ¿cómo se escribe y se es madre? ¿Cómo abordar la maternidad o la ausencia de ella desde la creación? ¿Cómo es ser joven, creadora y madre? ¿Quieren las chicas de mi generación ser mamás? 

Soy un vientre vacío, mamá

 En mi oficina, hay una compañera con el vientre lleno de luz. Llamémosle M. Ha dejado de salir al campo, de tocar animales, de realizar tareas que podrían suponer un peligro para ella y su bebé. También ha decidido que dejará de trabajar cuando tenga al niño. No tiene ni 30 años y tiene muy claro a lo que se dedicará durante mínimo, como ella me cuenta, los dos o tres primeros años de vida del bebé: a ser madre. M, como yo, es veterinaria. Ella y mi jefa, en varias ocasiones me han preguntado si quiero ser mamá, si dejaré el trabajo, si podré escribir, si subiré fotos a Instagram, si le contaré todo a mi bebé. Miro la barriga de M y sé que no es pudor ni asco lo que siento. Sí miedo, sí incertidumbre. Me imagino por segundos que soy una niña no tan niña con un niño, con un animalillo al que proteger y alimentar. Pienso en mi madre, en mi abuela, en mis amigas. En todas esas mujeres que han dado todo para que nosotras seamos al fin parte de una generación reconocida, preparada, decidida, luminosa. Ahora que por fin empezamos a dejar de estar en los márgenes, hay una pregunta que no deja de rondar mi cabeza: ¿Querrá mi generación ser mamá?

 

Ilustración por Raquel Boucher

Escribir “mamá” en Google y no morir en el intento

Les voy a contar algo que sólo sabe mi mejor amiga. He estado más de un mes sin la visita de la regla y he sentido mucho mucho, mucho miedo. He imaginado el aborto, el dolor y la sangre. He pensado y masticado durante muchas horas en lo que podría suponer ser —ahora— mamá.  También, por momentos, he entrado en pánico. He llorado. He temblado. He vivido durante días una maternidad inventada. He sido, aun, incapaz de escribir sobre esto. El año pasado una de mis mejores amigas abortó. Recuerdo los mensajes en el Whatsapp, las llamadas cada dos por tres, los nervios, la desesperación. Tampoco pude escribir sobre eso. Nunca piensas que te puede tocar a ti hasta que ocurre.  Recuerdo mis dieciséis en el colegio de monjas: “El aborto es atroz, el aborto es pecado, el aborto, el aborto, el aborto no, el aborto nunca”. Aquí el cuerpo de niña, de chica, de adolescente, de mujer, siempre es el culpable. Ninguna clase de sexualidad, de posibles enfermedades, de riesgos de embarazo. Es impresionante la facilidad  con la que “el sistema” (aquí, educación privada) y la sociedad en sí, puede conseguir de manera rápida, directa y atroz hacerte sentir diana de culpabilidad. Por eso, esta ausencia de sangre lo primero que hizo, inconscientemente, fue dar lugar al remordimiento, a la culpa, al castigo, al sentimiento de niña tonta y estúpida. ¿Qué dirán? ¿Qué pensarán? ¿Cómo he permitido esto? ¿Por qué yo? ¿Por qué cargamos con esta bomba de ideas inútiles y sentimientos? Sin pensar, inconscientemente, en lo que yo quería o no, las primeras preguntas que me bombardearon sin pausa fueron estas. Luego, con algo de calma y haciendo lo posible por evitar caer en la autoflagelación, abrí el navegador. Sí, como siempre, intenté buscar soluciones en internet.

Lo reconozco: he escrito barbaridades en la barra en blanco del bendito buscador de Google. Palabras como mamá, embrión, esperma, progesterona, fidelidad, menstruación, aborto, clínica, prueba, síntomas…  Pero no sé si sabes que Google responde. Que Google, el omnipresente, siempre, recrimina:

“Cómo…

                Ser madre y trabajar

                Ser madre y estudiar

               Ser madre y empresaria

               Ser madre y youtuber

              Ser mamá y no sentirse culpable…”

“Tener un...

                 Bebé

               Hijo

              Amante…”

             Perro…”

 

“Cómo ab…

               Abrir un coco

             Abrir una puerta

           Abortar

          Abrirse de piernas…”

 

                 

San Google y paciencia. Sus respuestas, su búsqueda avanzada, sus sugerencias. Lo que no se escribe, pero se piensa. Lo que no se teclea, pero nos golpea. La intuición, las entrañas, el temblor. Pero ¿dónde estará la palabra escrita por una mujer que tiene miedo y lo cuenta? ¿Dónde se esconden los poemas del útero y del embrión? ¿Cómo podré hurgar en un útero sin el poema? ¿Dónde se refugian los cuentos sobre la leche y la ausencia? ¿Dónde encontraré la palabra exacta para definir madre, alimento, criatura, vientre?

¿Dónde estarán los resultados de Google para el ser madre y escribir?

Arte por Meggie Green

 

Estas son las tripas de mamá

Sí, en la era de conexiones y redes seguimos teniendo pudor. Seguimos dudando cuando encontramos el folio en blanco, sea una pantalla de chat, un espacio en blanco de 140 caracteres, o un  posible texto que aún no existe para acompañar cualquier foto para subir a Instagram. Por eso, cuando la escritora y periodista Luna Miguel se sinceró en Playground y contó con todo tipo de pelos y señales el aborto que acababa de sufrir, sentí un escalofrío, una mezcla de dolor y alivio a la vez. Al fin, alguien de mi generación alzaba la voz y daba paso a la sinceridad, al cuerpo, a la experiencia. En su artículo, Luna ponía sobre la mesa todo lo que se esconde sobre un vientre que deja de latir, enumeraba los tabús, la sensación de incertidumbre, el dolor de la pérdida. También se preguntaba: ¿qué se es cuando ibas a ser mamá y al final no lo eres? ¿Qué pasa en el cuerpo de una no mamá? ¿Por qué debemos elegir el silencio y refugiarnos en casa como un animal herido? ¿Por qué no abrir la boca o escribir cuando lo único que se quiere es hablar y no estar sola? ¿Por qué no usar la red para sincerarnos con lo que nos pasa y nos duele?

Foto por María Melero

 

 

 

Y aún nos preguntan por qué la mujer escribe su cuerpo

Libros como El cielo oblicuo de Belén García Abia o ¿Dónde está mi tribu? de Carolina del Olmo, textos como los de Gabriela Wiener, poemas como los que escribieron Sylvia Plath y Joyce Mansour, y que también escribe María Ramos en Siamesa, su primer poemario, palabras que enseñan la luz y la sombra de un vientre que decide, artículos y fragmentos en los blogs de Luna Miguel y Annalisa Marí Pegrum, la voz y la duda de los diarios de una no madre como la portuguesa Gabriela Llansol, los nombres bordados de los bebés que nunca llegó a conocer Tracey Emin en su inmensa tienda de campaña, la decisión de abortar. ¿Por qué no compartirlo? ¿Por qué no dejar paso a lo que nos remueve por dentro? ¿Por qué no manchar la red de entrañas y de voz de la mujer del hoy? No sé si mi generación querrá ser mamá o no, pero… ¿por qué no contarlo?

 

Parí una medusa junto a ti
y la matrona me miró con asco
cuando le pedí verla.

(Años después
conoceré lugares
donde las madres las contemplan tras dar a luz,

donde las madres
se reúnen

y cuentan anécdotas sobre ellas,

azul, morada, palpitante,
grasa, partida, completa,

 donde las madres
las entierran).

Soy una máquina
Reproductiva.

 

Pueden inmovilizarme

aquí, 

pueden cortarme

pueden negarme

 

pero no pueden ver

el animal en mí.

 



 

De Siamesa, María Ramos.
El Gaviero ediciones, 2015.