Vestirse para la ocasión (de resistir)

Dicen que la rebelión, como el amor, está en el aire pero también puede sentirse en la ropa.

Peras y Manzanas

Hace unos días, una amiga me chuleó unos overoles negros hasta la rodilla y de corte muy ancho que llevé a una marcha. Me dijo, palabras más o menos, que eran muy bonitos e ideales para la ocasión de ir a protestar (seguro lo dijo menos como mi tía y más como la persona que es). Para el ojo no entrenado, esto podrá leerse como una tontería dentro de la seriedad que guardan los asuntos que nos inconforman, pero déjenme tratar de explicar, con el poder que yo misma me confiero, por qué no lo es.

Dicen que la rebelión, como el amor, está en el aire pero también puede sentirse en la ropa. La gente ha resistido conflictos, abusos y represión con centímetros de tela y puntadas (o despuntes) de aguja. Si damos una rápida mirada al clóset de la historia nos encontraremos con los pantalones usados por las mujeres para aguantar una primera guerra mundial; minifaldas para rebelarse contra quienes dictaban cómo debíamos vivir nuestra sexualidad; ropa DIY para resistirse a la cultura de masas o hijabs en las mujeres musulmanas que se manifestaron cubriendo su rostro con ellos en París por el derecho a practicar su religión como mejor les pareciera. Incluso, en la sección de ropa célebre, podemos ver los trajes militares de los Beatles en su periodo de Sargent Pepper; al tornarlos de colores, cambiaron el significado de represión asociado a este uniforme.

Cada quien lucha desde su propia trinchera de ropa. Hay quienes se han defendido con chamarras de cuero y botas mineras, como también aquellos que encuentran en las lentejuelas o en las telas delicadas, su propio bunker. A nadie debe sorprender, por ejemplo, que un vestido rosa sea capaz de levantar la voz; como el que diseñó Dior en 1947 e indignó a muchos: la cantidad de tela que colgaba de su falda, abofeteó a quienes se recuperaba de una guerra y no estaban para derrochar material en una sola prenda. Pero este vestido, aunque poco solidario con la situación en general, era la forma que tenía el diseñador de resistirse al sufrimiento, a la escasez; de darle a ciertas mujeres, un hermosa arma con botones y cinturón de gamuza para combatir el duelo de una guerra. Este sería el mismo diseñador que habría de crear el vestido Miss Dior, una delicada cosita strapless llena de pequeñas flores, para su hermana activa en la Resistencia Francesa. Quizás las peligrosas misiones contra el enemigo no están peleadas con la elegancia.

No hay tal cosa como usar prendas adecuadas para la ocasión de protegernos a nosotros como aquello en lo que creemos. Afortunadamente no existen artículos como “Vístete para la batalla que quieres, no para la que tienes” ni “ Cómo dejar una buena impresión en tu primera rebelión”. No hay tales reglas porque las luchas además de sociales, también son personales. Para muestra un botón guerrillero: cuando yo era adolescente (mucho más adolescente que ahora) me metía al clóset de mis padres y hacía un lado la ropa que podría haber robado de mi madre para llevarme la de mi padre: pantalones cuatro tallas más grandes que la mía y su muy masculina CBFP (Chamarra de la Brigada de Fusileros Paracaidistas). No sólo lo hacía porque en realidad su CBFP era una CIBFP (Chamarra Increíble de la Brigada de Fusileros Paracaidistas), más tarde comprendería que también, al usarla junto con sus enormes pantalones de mezclilla, era mi forma de pertenecer a mi propia fuerza aérea para realizar un sabotaje contra una expectativa de género que me aterraba que quisieran imponerme: “ eres chica, usa vestidos y haz las cosas que esperamos de una chica”.

Fue una buena lucha, ahora escribo esto y hago cosas de persona (y no necesariamente de un género) usando un vestido de encaje blanco; emblema, quizás, de otra revolución secreta, incluso para mí, que estoy llevando a cabo. Pero no solo nos vestimos para provocar un enfrentamiento, también nos arreglamos para soportarlos. Por ejemplo: en Blue Jasmin ( Woody Allen, 2013) una mujer en bancarrota que solía ser millonaria, usa todos los días una de sus dos chaquetas Chanel que aún le quedan y abraza su bolsa Birkin, como si tratara de un escudo, para protegerse de su nueva situación financiera. Éste también podría ser el caso de Margot (The royal Tenenbaums, 2001) quien, en su mullido abrigo de piel, encuentra cobijo para refugiarse de dos décadas de desastre y fracaso.

Incluso con la ropa, uno puede desafiar una caída amorosa, pienso mientras veo la portada del nuevo disco de Björk, producto de su ruptura con Matthew Barney: ahí, ella aparece usando un especie de armadura de filamentos transparentes que terminan en puntas de colores; un erizo con terminaciones listas para dar pelea que, sin embargo, deja ver lo vulnerable que es. Nunca me he puesto algo así después de terminar una relación. En lo personal, prefiero las faldas cortas para aguantar los embates de la auto conmiseración. No es la primera vez que Björk usa algo claramente combativo; ya antes le había pedido a Alexander Mcqueen que diseñara un look de guerrera para la portada de Homogenic. Ahí, luce un kimono de grandes hombros que la hace parecer enorme y así, supongo, defiende su posición como mujer creadora en una escena dominada por hombres. De alguna manera muchas hemos tratado de hacer lo mismo, pero en vez de pasearnos en la escuela o en el trabajo bajo pesados metros de tela, usamos tacones o aquel outfit que nos hace sentir bien para no dejarnos intimidar por los demás.

Cada día tenemos la oportunidad de elegir nuestras propias prendas para darnos valor así sea en batalla social como en las pequeñas luchas personales. La ropa funciona como armadura y también, como inspiración para sobreponerse los momentos difíciles. Con cada botón abrochado o desabrochado, hacemos una declaración; y en un mundo donde a veces nuestra voz no alcanza, es la ropa la que grita, en un idioma que todos pueden entender, que detrás de toda resistencia siempre hay poder.