“Nereidas” El Rey De Los Danzones

De Cómo Un Danzón Me Fastidió Para Siempre

Aplaudíamos. No lo hacíamos para demostrar admiración, lo hacíamos porque teníamos que hacer algo. Y eso era lo único que podíamos hacer para permanecer cuerdos después de contemplar el rostro de la belleza: aplaudíamos. No es muy común escuchar música actual en los recintos sinfónicos. Es mucho más extraño contar con la presencia del compositor antes de su senectud. Pero que, en tu alma mater, el compositor se levante en medio del concierto a dirigir la pieza que lo ha vuelto inmortal  –y que ésta sea una de tus favoritas–: es un milagro. Durante mucho tiempo, probablemente lo que me queda de vida, recordaré como la mejor experiencia musical la velada del once de marzo del año dos mil catorce.

Danzón no. 7, el estreno. Danzón no. 8, el ultimo. Danzón no. 2, el inmortal. Eso decía el programa. 

La formalidad amenazaba con destruir la velada. Tres discursos. Dos de ellos por parte de las autoridades: uno con mucho cariño y poca sustancia, otro leído con el tono obligatorio y somnífero de las efemérides escolares por parte de un funcionario que ni siquiera se quedó al concierto; el tercero, pronunciado por el compositor, fue dicho con la parca honestidad de una persona incomoda frente a los micrófonos, dejando muy claro que para los músicos las palabras son cosas demasiado concretas para intentar comunicar algo. Se guarda la mesa. Sale la orquesta. Sale el concertino. Aplausos. Afinación. Sale el director. Aplausos. Aclara: Un cambio de último minuto, los danzones 7 y 8 se intercambian para que el 8 abra el programa.

Danzón no. 8, como se esperaba, una delicia sensual.

Danzón no. 7, sin saber que esperar, una grata sorpresa.

Todo, hasta ese momento, pintaba como una velada maravillosa, fuera de lo normal sin llegar a lo extraordinario. Inclusive, había un sentimiento de deuda. Algo que ha sido muy bueno; pero se quedó en el homenaje oficial y el cumplimiento protocolario. 

Y, a partir de ese momento: la vida y la forma en la que se escucha la música quedaron transformadas para siempre. Me fastidiaron. Antes de iniciar con el Danzón no. 2, el director se detuvo y solicitó la presencia del compositor en el escenario. Le entregó la batuta –literalmente– y dijo: “que no había mejor director de una obra que su compositor”. Después, la dirección con la justa precisión, casi sin movimientos ni exactitud en ellos; sólo con la sutileza de estar haciendo sonar a la orquesta desde el fondo de su corazón. La emoción directa, sin interpretaciones. No escuchábamos a un hombre dirigir una pieza que él había compuesto. Escuchábamos a un hombre regalarnos una parte de su alma.

¿Qué se hace en esos casos? Aplaudir por lo visto.

El fin llegó y aplaudimos de pie. No sé exactamente cuánto duro la  ovación. No creo que importe. El director volvió al atril y, en la única forma concebible de seguir adelante después de lo que acababa de pasar, nos regaló “Nereidas”, el rey de los danzones. El público clamaba por otra pieza, clamaba por escuchar de nueva cuenta el Danzón no. 2. En un acto de la más completa madures musical, junto con el destino en su infinita sabiduría, el director en contra de la petición popular tocó el Danzón no. 7. Fue lo mejor, él lo sabe y los que no lo comprendimos inmediatamente lo comprendimos después. Por miedo, por respeto o por ambas, el director protegió aquel momento mágico al dejarlo intocado. Un verdadero gesto de grandeza. Aplausos. Todo había terminado. La música había cambiado para siempre. 

Digo que me fastidiaron por una razón muy simple. Probablemente nunca vuelva a presenciar algo así y todas las veces que vuelva ver una orquesta tocar serán comparadas con ésta ocasión, y saldrán perdiendo (salvo que Brahms, Mozart o Beethoven, o algún otro mito musical se digne resucitar y venga a dirigir a la sala Nezahualcóyotl). Me fastidiaron, pero no me importa un carajo. Vimos a la belleza y nos dejó ciegos: un precio alto, pero justo. Un precio que volvería a pagar por contemplar otra vez a la eternidad, aunque sea sólo por un instante.