Grado Retro

¿Es Más Importante Defender La Equidad Que La Parte Inútil De Una Tradición?

Entrar a una “barbería” en la ciudad de México, para bien y para mal, es retroceder en el tiempo. 

Desde el umbral, el ambiente se llena con una elegancia antigua. Al llegar confirmas tu cita y el encargado te ofrece un trago del bar situado detrás de la caja: una selección compacta de botellas que abarcan el espectro general de los licores. Así, puedes esperar plácidamente dando sorbos a tu trago mientras hojeas libros de cortes, revistas de caballeros que, como los licores, cubren con amplitud el terreno de los gustos, o puedes curiosear la infinidad de productos para el cuidado capilar.

En cuestión de minutos te indican que puedes pasar y el barbero, con mucha gentileza, inicia la conversación. Ahí, hablando de cabello y de cualquier otra cosa, miras como tu reflejo se convierte en una parte del ritual masculino de la belleza, como si fueras un personaje dentro de un óleo impresionista que en lugar de bailarinas de ballet o de can-can tiene barberos, espumas, tijeras y navajas. Cada parte se acopla en una experiencia sensorial armónica. La música se hace presente en una sucesión, casi cronológica, de nombres que definieron el estilo desde su fundamento: actitud. Coltrane, Dylan, Charles, Elvis, The Stones, todos sonando en los colores de la pintura. Tonos ambarinos dominan el salón con algunos ribetes pastel –en los tatuajes de los barberos, en los tirantes y pajaritas combinadas–, rematados por el cilindro azul blanco y rojo de la entrada.

El conjunto funciona como un mecanismo de detalles, nada sobresale y todo es necesario para preservar el look y el ambiente.

Al final, el deleite sensorial es insignificante. El lugar pierde todo su encanto cuando extiende la congruencia tradicional del concepto a la selección de su clientela. Con una peligrosa facilidad, en un instante, lo retro se vuelve retrógrado.   

Apunto de salir contento, después de pagar, el encargado se despidió de mí con la cordialidad del que mira a un cliente satisfecho. Aquí se perdió el encanto, el instante donde la preservación de la tradición alcanzó un tinte reaccionario. Fui testigo de la razón –de las palabras– con la que el encargado le negó el servicio a una chava. Una razón simple, absurda y, por ello, inapelable: “eres mujer”.

En el año 2016 ¿no resulta estúpido hacer esto? Mantener la pureza de un concepto, así sea algo aparentemente superficial como cortarse el pelo, hasta el grado de permitir y autojustificar la discriminación. Suena exagerado pensar que la negativa de una barbería a cortarle el pelo a una mujer en sus veintes sea un atentado contra los derechos de género; pero, en el fondo de esa insignificancia, vive la semilla de la que brota el odio.

La defensa intransigente de la tradición, lo que alguna vez parecía diminuto e insignificante, puede convertirse en ablación, Jim Crow, esclavitud e inmolación. El odio necesita poco para nacer, menos para crecer y nada para destruir. 

La chava no pidió algo fuera de lugar, el corte de pelo que traía era de tipo masculino, más masculino que el de muchos hombres, y sólo quería un despunte. Nada pudo hacer para que accedieran a cortarle el pelo. La mirada abyecta de la tradición no logró ver más allá de su sexo. Me fui con un nuevo corte de pelo, el conocido desagrado de la impotencia y mucho que pensar.

Al día siguiente, la casualidad que rige mis fines de semana me llevó a la puerta de otra barbería en otro barrio de la ciudad. Entré para pedir una cita, ficticia, para mi hermana y lo único que obtuve fue la confirmación del absurdo: Perdón, pero no le damos servicio a mujeres.

¿Por qué? dije con calma. La respuesta fue tan terrible como el día anterior: “el servicio es tradicional”. 

Por lo visto, el problema no es menor. Una cosa es que este tipo de establecimientos enfoquen sus servicios al público masculino y otra muy diferente que, como segmento de mercado, sistemáticamente tengan una política abierta de discriminación de género.

El criterio del “servicio tradicional” se aborda con mucha parcialidad y, hasta cierto punto, con mucha cobardía. Si la idea es mantener el concepto a un nivel absurdo de preservación decimonónica, los factores de discriminación deberían ver más allá del género. Sin embargo, no creo que estos lugares se atrevan a negarles el servicio a personas –hombres– homosexuales, negros, judíos y que decir de latinos, por un motivo como la tradición. 

No digo que las barberías cambien su concepto –el cual es un deleite– ni que tengan que ofrecer los servicios de un salón de belleza. No. Sólo digo que es más importante defender la equidad que la parte inútil de una tradición.