MIRACLEMAN: ANTES DE WATCHMEN

Antes de Watchmen, antes de V de Vendetta y antes de From Hell, estuvo Miracleman, uno de los personajes más entrañables de Alan Moore.

Marvelman ha estado en más tribunales que Matt Murdock y Jennifer Walters juntos: el propio nacimiento del personaje en los años cincuenta respondía a la imposibilidad de seguir haciendo reissues del Capitán Marvel -el actual Shazam- tras una demanda de DC a la editorial Fawcett; Marvel, por su lado, obligó a cambiar el nombre del personaje aduciendo que ningún Marvelman puede ser publicado por alguien que no sea la propia Marvel; ya rebautizado como Miracleman, Todd McFarlane y Neil Gaiman se enzarzan en una pelea legal por los derechos del héroe de papel; Marvel acaba haciéndose a principios de esta década con la licencia de Miracleman, el superhéroe al que negó su nombre original, y empieza a reeditar el material con el que se hizo famoso el personaje británico creado por Mick Anglo; ojalá todo esto bastara para levantar la sesión.

 

 

Pero si hay alguien que realmente hizo pasar por un infierno -sin necesidad de utilizar el martillo de madera- a Mick Moran, la identidad secreta tras las mallas de Miracleman, ése fue el guionista original. El guionista original, que se negó a que su nombre apareciera en ningún cómic de Marvel después de que la editorial obligase al personaje a volver a pasar por la pila bautismal e hiciera caso omiso a sus indicaciones autorales en los créditos del Capitán Britania, cogió la vida de Micky Moran y la puso patas arriba. El guionista original, que también lo es de Watchmen, de From Hell, de La Broma Asesina, aparece acreditado en la nueva edición de Miracleman como “el guionista original” y ahora se dedica a la magia y a romper barras de pan en la cabeza de los fans que le asedian en Northampton. El guionista original era y es, claro, Alan Moore.

 

 

Antes de  Antes de Watchmen, antes incluso de que el propio Watchmen fuese siquiera un brillo en los ojos del guionista de V de Vendetta, Alan Moore se dio cuenta de las posibilidades que los cómics populares tenían y utilizó la cabecera de Miracleman como campo de pruebas, propiciando a su vez el inicio de la brit invasion que encabezaron figuras como él, Grant Morrison o Garth Ennis. Todas las hazañas con las que se glorifican sus obras más celebradas ya las encontramos en su etapa al cargo de esta serie: focalizar en las bambalinas espaciales y emocionales de personajes a los que se suponía planos; desestructurar la narrativa convencional de página haciendo de su trabajo algo inadaptable en forma a cualquier otro medio; los cuadros de texto al servicio de la prosa vibrante por encima de la descriptiva.

Si el material original de Mick Anglo proponía aventuras desenfadadas y reunía los clichés propios de la edad de oro superheroica, Moore se sirve de la imaginería creada por el padre de la criatura para utilizarla de material arrojadizo contra el propio Miracleman: descubrimos que toda la efervescencia pop de las historias publicadas hasta principios de los años sesenta no eran más que realidades inducidas en la mente de Mick Moran con la voluntad de forzar al máximo su suspensión de la incredulidad, todo ello para crear una respuesta británica de forma (súper) humana a la carrera militar del resto de potencias mundiales. Moore nos da, en definitiva y a diferencia de los que hoy siguen publicando historias de personajes con décadas de historias a sus espaldas, una cobertura ideológica para poder leer la continuidad de Miracleman como un todo coherente y cohesionado.

 

 

Miracleman no es sólo la piedra fundacional en la labor que Alan Moore desempeñó dentro de las historias de superhéroes, si no que cualquier otro título que transite por el extrarradio de las mallas y las capas le rinde, a su pesar o no, pleitesía: sin Miracleman, un personaje originalmente tierno, viendo su mundo dinamitado por el escriba de su serie no existiría la etapa de Animal Man escrita por Grant Morrison; sin Miracleman, Mark Millar, creador de Kick-Ass, no habría hecho el viaje del pub a Hollywood; sin Miracleman, cogiendo al vuelo el bebé que un villano acaba de lanzar por los aires y devolviéndoselo a su madre mientras le reconoce que no ha podido evitar romperle las costillas al asirlo, no existiría The Boys. Que en los trade paperbacks que recuperan los números firmados por Moore en la cabecera su nombre sea sustituido por el de “el guionista original” es, viéndolo así y de forma paradójica, mucho más que un capricho legal.