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Cuentos Chiquitos Que De Grandes Quieren Ser Novelas

¿Cuál Hernán Cortés?

1519, Cuba. Hernán Cortés decide ignorar la orden del gobernador Velázquez y lanzarse a explorar y conquistar el interior de la exótica tierra de México, hasta ese momento inexpugnable. Su traductor, Gerónimo de Aguilar, un monje franciscano que años antes había naufragado en la costa maya y fue cautivo de los indígenas, le hablaba de lo difícil que sería la empresa, no solo por la fiereza con que los nativos defendían su tierra, sino porque estaban protegidos por dioses antiguos y despiadados.

Estaba convencido (a pesar de su ferviente catoliciscmo) que esos mismos dioses habían causado su naufragio, mandando tormentas terribles que sacaron de curso el navío, rematando con aparición de bestias marinas y relámpagos que terminaron partiendo el barco en dos.

Cortés pensó que eran delirios. Seguro el monje confundió su fe en Dios con las creencias raras de los nativos por el susto de ver a la muerte de tan cerca. No lo pensó más y juntó 10 barcos, 500 hombres y algunos caballos. La madrugada del 7 de febrero, zarpó en secreto. Calculó menos de dos semanas de viaje si el clima lo permitía, pero apenas salió el sol empezaron los problemas. Su piloto mayor pescó una fiebre que lo postró en su camastro sin poder moverse. Tenía el cuerpo engarrotado y los ojos desorbitados. Casi no hablaba, y cuando lo hacía parecía ser otra persona hablando a través de su cuerpo. Nadie se atrevía a entrar a su cuarto y escuchar su voz poseída lanzando maldiciones.

Cortés esperó un par de horas con la esperanza de que se calmara un poco y pedirle que corroborara el rumbo del barco. Cuando entró, Juan estaba tan tranquilo como un bebé dormido. Se acercó y lo llamó suavemente. Al no recibir respuesta, se puso junto a su oído e insistió. Juan abrió súbitamente los ojos y lo agarró de la muñeca con la fuerza de 5 hombres. Su voz retumbó por todo el barco mientras se dirigía a Cortés: “Si no te das vuelta ahora, la gran serpiente volará sobre tu cabeza, y hará llover tormentas de obsidiana sobre tu pueblo”

Apenas dijo la última palabra, cayó muerto. Cortés salió del camarote confundido y preocupado por la navegación de su flota. Varios marineros lo rodearon, muriéndose de miedo por el significado de las palabras que escucharon. Cortés se hizo de valor y calmó a todos alegando que el marinero alucinaba por la fiebre.

Una vez corregido el rumbo, siguieron su camino. Varios soldados empezaron a limpiar sus arcabuces y empacar su pólvora, otros fingían una tranquilidad imposible. Pasaron un par de días sin contratiempos, suficiente para que los nerviosos bajaran la guardia, hasta que el vigía de la tarde empezó a notar que la sombra del barco desaparecía hacia el fondo y volvía a subir. Antes de dar la voz de alarma, se quiso asegurar de no estar alucinando.

Se concentró para no dar una falsa alarma. Se inclinó sobre el nido de observación y entrecerró los ojos. Contuvo la respiración por un segundo para tratar de escuchar el choque del agua contra el casco del barco.

Por un segundo, le pareció que el agua se retiró hacia el fondo y el barco flotó en el aire. Un rugido más fuerte que mil truenos lo ensordeció, así que nunca escuchó el sonido de la madera del galeón partiéndose en mil pedazos. Salió propulsado hacia el cielo, desde donde fue capaz de ver la anhelada costa. Y mientras caía hacia su tumba líquida, su corazón se detuvo ante el aterrador evento. Vio a su imponente barco quebrarse como varitas secas, a sus valientes compañeros siendo aplastados como hormigas. Vio a una serpiente emplumada destruir todo a su paso antes de desaparecer entre las nubes.

--“Maestra, ¿y qué hubiera pasado si Cortés hubiera llegado a México?”, preguntó Xocoyotzin.

--“Es imposible saberlo, niño, imposible”.