El Siglo De Las Series

Vivimos en la mejor y en la peor era de la televisión. Nunca en la historia de este medio de comunicación habíamos tenido tantos contenidos, tan buenos y tan malos, de donde escoger.

Todos somos televidentes. Desde hace más de medio siglo que lo somos y la verdadera diferencia entre los primeros espectadores y nosotros, es nuestra capacidad real e individual de poder elegir lo que queremos ver y cuando lo queremos ver. Esta es, principalmente, la razón de la paradoja en la que vivimos: la democratización de la televisión. La transformación de la condición estrictamente contemplativa del televidente a la de un elector frente a sinfín de posibilidades.

La T.V. poco a poco fue especializándose, al grado de cambiar no solo la manera en la que buscamos contenidos sino los contenidos mismos. MTV cambió la forma en la que “vemos” música, de la misma forma en la que E! Entertainment cambió el mundo del espectáculo o ESPN la forma de ver deportes.

Si los canales especializados sectorizaron y ampliaron los contenidos para una población en específico, la llegada de las plataformas - siendo Netflix el estandarte de esta forma de transmisión-, junto con los smartphones y tablets, nos ha dado la capacidad plena de elegir el momento en el que vemos el contenido que queremos.

El resultado de esta evolución es la polarización en la calidad de contenidos. “Somos lo que comemos”, el sentido del dicho va más allá de la alimentación. Somos lo que comemos, lo que leemos y, en el siglo XXI, lo que vemos. Cualquier tipo de libertad, de elección por ejemplo, conlleva responsabilidad. El televidente actual no puede escudarse al decir que tiene que ver Siempre en Domingo porque aún no hay más. El espectador tiene frente a sí un catálogo gigantesco de contenidos que oscilan entre lo mejor y lo peor.

Por un lado tenemos la T.V. chatarra: programas completamente vacuos, que no tienen ningún tipo de sustento. No ofrecen nada auténtico al espectador. Nada más allá de un entretenimiento sin propósito, el problema es que tanto como sociedad como individuos, cada vez  buscamos más el estar entretenidos todo el tiempo, conectados todo el tiempo, por lo que la capacidad de comprender una historia bien contada, de realizar el mínimo esfuerzo intelectual para seguir una trama, se nulifica.

Por fortuna, tenemos el otro lado de la moneda. Estamos en la era dorada de la televisión: las producciones televisivas ya no le piden nada a las producciones cinematográficas. Lo que antes resultaba absurdo, ahora es una realidad. Un buen ejemplo de esto es el episodio 9 de la sexta temporada de Game of Thrones: Battle of the Bastards. Las actuaciones, producción, dirección, efectos especiales, pero sobre todo las secuencias de acción, se encuentran a la par de las grandes producciones de cine épico. Poco a poco, los canales de televisión, especialmente HBO, fueron generando contenidos de corte cinematográfico expandido. Primero con películas exclusivas, pasando por el híbrido de la miniserie hasta llegar al formato por antonomasia de la nueva T.V.: la serie.

El siguiente paso lo dieron las plataformas al condensar toda una temporada en una sola entrega. La televisión de fórmula –franquicias como La Ley y el Orden o CSI y las telenovelas– está siendo superada. La principal característica y ventaja de la serie es, que además de tener su propio contenido, cuenta con una forma individual de narrar o decir algo. A su vez, este formato ha vuelto cada vez más ambiciosos a los proyectos televisivos. El talento del mundo del cine, ya sean directores consagrados (David Fincher, Martin Scorsese, Steven Spielberg), actores nominados o ganadores del Oscar (Kevin Spacey, Rachel McAdams, Matthew McConaughey, Robin Wright) y escritores (guionistas como Aaron Sorkin o talentos de otros géneros como Nic Pizzolatto) ahora se mueven tambiénn en el mundo televisivo.  

El problema actual es que entre un lado y otro el desierto crece. La televisión basura progresa a la misma velocidad que la de mejor calidad, sin embargo el acceso a éste último sigue siendo más difícil y costoso que a la basura. La tierra de nadie que separa a lo mejor de lo peor cada vez se hace más grande y deshabitada. Esta es la verdadera pregunta en la era en la que vivimos, ¿existirá un equilibrio? ¿O uno de los dos lados ganará?