Escritos sobre canciones que te hacen doler y gozar

En la película 20,000 Days On Earth, Nick Cave describe una ocasión cuando era pequeño, su padre leyó en voz alta el primer capítulo de Lolita de Vladimir Nabokov. Le dijo que “en sus confines existe literatura sublime”. Esto es una sensación que todos los que hemos sido atrapados por un texto hemos sentido, sin importar de la índole que este sea. Es raro que ocurra, si nos ponemos a pensar, más aún si no acostumbramos leer extensamente sobre el tema; pero hay escritos sobre música hechos de una manera que te deja sin palabras propias, que comunica lo que sientes respecto a una pieza musical o quien la ha creado e interpretado a su manera.

 

La crítica y periodismo musical son disciplinas difíciles, no tanto porque pocos puedan llegar a ser excelentes en su práctica, sino porque poca gente se la toma en serio. Existe un dicho atribuido al gran comediante Martin Mull que ha sido repetida por John Lennon, Frank Zappa y Laurie Anderson entre muchos otros: “escribir de música es como bailar sobre arquitectura”. Más que un insulto a la profesión, esta frase expresa mucho de la actitud tanto de los lectores como de los que se dedican a ella.

 

Son pocos en todo el mundo los que en verdad pueden hacer un buen trabajo de investigación, tienen las bases para hacer una crítica informada y logran separar el gusto personal de otros criterios igualmente válidos (y en esta época en la que el click más rápido del oeste es la moneda más importante de los medios digitales, provoca que más personas tomen el camino fácil). Sin embargo, hacer inválido un trabajo profesional tan grande es algo miope. Sí, son pocos los que lo logran pero por esa razón que es más loable . Se puede encontrar literatura sublime dentro de reseñas de discos, crónicas de conciertos, entrevistas y/o ensayos. Estos sentimientos ocurren varias veces en The First Collection Of Criticism By a Living Female Rock Critic.

 

Jessica Hopper comenzó su carrera haciendo la fanzine Hit It Or Quit It. Sus textos se enfocaban a desmontar mitos con una prosa privilegiada, aparentemente automática en su ejecución, informada por datos autobiográficos, humor y sobre todo, con ideales en lugares correctos. Era (y sigue siendo) importante para ella señalar hipocresías e injusticias dentro de la escena musical, siempre con autocrítica y análisis profundo, como es el caso de uno de los textos que la pusieron en el mapa, “Where The Girls Aren’t” (incluido aquí); su disección de la escena emo en sus épocas más exitosas, comercialmente hablando. Fungió como editora de HIOQI, donde desfilaron talentos privilegiados del periodismo musical actual como Jon Caramanica y Julianne Escobedo Shepherd. Jessica ha contribuido a diarios tanto locales como internacionales, medios reconocidos como Spin y a páginas virales como Buzzfeed, pero su trabajo profesional más grande ha sido como editora musical, primero en Rookie y actualmente en Pitchfork y su publicación física, The Pitchfork Review.

 

Los escritos reunidos en First Collection (el cuál Jessica aclara lo nombró con un grado de ironía; no tarda en acreditar a mujeres como Ellen Willis, Lillian Roxon y Caroline Coon, así como dedicarselo a todas las que han ejercido esta profesión, y las que lo harán) muestran un gran compromiso y mucho esfuerzo a través de más de una década. Ayuda que su personalidad emana en la mayoría de estos textos; Hopper se presenta aquí como fan, feminista, analista, crítica y periodista de línea seria. Cualquiera que quiera desacreditar su trabajo como meras reseñas superfluas debe consultar su entrevista con Jim DeRogatis (quien a su vez es un gran crítico de música) sobre su involucramiento en las investigaciones de presuntas violaciones a menores por parte de R. Kelly. Jessica no solo se dedica a hacer un testimonio sobre un artista que, aseguran, ha cometido crímenes atroces, sino que cuestiona en qué momento dejamos de separar y disfrutar el arte que hace una persona así, en específico hablando del apoyo que Pitchfork le ha dado.

 

Su trabajo puede ser investigativo y de carácter objetivo, pero su prosa también puede basarse en lo personal, como su ensayo sobre su temprana adolescencia cuando quería ser grungera para impresionar a los batos de su escuela; aunque en sí la narración es muy entretenida, lo que resalta de este ensayo es el giro sobre identidad y feminismo que resulta mucho más enriquecedor. Logra conjuntar todos los elementos que tiene a su disposición en sus textos para lograr lo que necesita: comunicarle al lector lo que puede llevarse del tema además de considerar diferentes ramificaciones. Cuando habla de fe en el capítulo de ese mismo nombre, esta engloba tanto la pérdida de las creencias de David Bazan siendo intérprete cristiano, como la renuncia a la promesa de la música moderna —que la canción ideal te puede salvar de la misma muerte—en su reseña de I Hate Music de Superchunk, como la esperanza que tienen los residentes del pueblo natal de Michael Jackson de convertirse en un destino de peregrinación para los fans del rey del pop y traerles ganancias turísticas.

 

Jessica Hopper logra lo que todos los que escribimos acerca de música aspiramos: plasmar la experiencia única y personal de escuchar algo de nuestra predilección

 

En sus mejores textos, la respuesta que encuentra generalmente es otra pregunta aún más elemental, ya sea acerca del feminismo, el negocio musical o lo que quiere decir cuando el underground pasa a ser algo más que una pequeña comunidad de músicos sin otro lugar donde tocar. Le pudo ser fácil darle un giro completamente feminista a Lana Del Rey en su análisis sobre lo auténtico que la cantante es o deja de ser; sin embargo, repasa cada perspectiva sin concluir de una forma tajante. Así mismo, en sus artículos sobre la nostalgia, difícilmente tiene una visión envaselinada o añora mejores tiempo; más bien pone todo en perspectiva con algo más que posturas clichés. Hopper sabe muy bien cómo hacer artículos dependiendo del medio, tema y propósito; no es lo mismo hablar de la desafiante personalidad del rapero Kendrick Lamar para Spin que la comercialización del punk gracias al Warped Tour en pos de la rebelión, que lo que significa para ella la música de Van Morrison en su blog. Todo esto está representado aquí, lo cuál hace de First Collection como un excelente manual primicio para aquellos que quieran dedicarse a la crítica y periodismo musical.

 

Jessica Hopper logra lo que todos los que escribimos acerca de música aspiramos: plasmar la experiencia única y personal de escuchar algo de nuestra predilección. En “I Have a Strange Relationship With Music” —el primer texto que aparece en el libro— Hopper parece hablar másn allá de su perspectiva como crítica, sino a todos aquellos que nos desvivimos con una canción de tres minutos. Ahí escribe que en ocasiones solo quiere algo específico de la música, relajarse o bailar o meditar, y en otras quiere algo profundo y específico, y quiere llegar al fondo de todo esto. “Porque todos estos discos me dan un lenguaje para descifrar que tan jodida estoy”. Escribe. “Porque hay un vacío en mis tripas que solo puede ser llenado por canciones”. El libro en sí es una crónica de todas las maneras en que las canciones nos llenan las tripas, y no solo como individuos. Leemos como llenan las tripas de los fans, las comunidades, las disqueras, los negocios, la liberación femenina y de aquellos que fantasean con intolerancia. No solo del escucha como individuo, también como masa, comunidad y conglomerado. Si First Collection tiene un hilo conductor, es cómo la música es algo más que la organización de sonidos y silencios; es sobre su trascendencia en muchos planos. Jessica logra lo que muchos sentimos por dentro pero no logramos expresarlo o ponerle el empeño para comunicarlo al mundo.

En sus mejores momentos, Hopper lo logra y como los mejores, logra que sus textos se conviertan en su propio objeto de arte, que te hace doler y gozar como la música misma. Es arte a través de la interpretación de otro tipo de arte.