Momentos Dorados

Foto Clive Brunskill/Getty Images

La clausura de los juegos olímpicos, como cada cuatro años, es el colofón perfecto para el verano. En algún momento parecía imposible llegar a este punto. Los augurios de estos juegos olímpicos no eran nada buenos: violencia, corrupción, obras sin terminar y un caos político sin precedentes. Todo indicaba que los juegos vendrían a rematar el rosario de desastres brasileño de 2016.

Con todo y contra todo, el pueblo carioca salió adelante y logró encender el pebetero de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016. El torso desnudo y aceitado del abanderado de Tonga, la delegación estadounidense enfundada en trajes Polo Ralph Lauren y, en la pasarela más larga del mundo, Gisele Bündchen –quien más- personificándose como la Chica de Ipanema; juntos marcaron una ceremonia de inauguración que fue buena hasta que fue demasiado larga.  

Muchas veces tener las probabilidades en contra resulta beneficioso, se quita la presión y emerge el sentimiento de “no hay nada que perder”. Eso pasó en Río. Sin miedo al fracaso, inclusive contemplándolo como algo inevitable, la ciudad se sumió en la mejor característica posible del cliché brasileño: la alegría. El resultado: los mejores juegos olímpicos de lo que llevamos del S.XXI.

Sorteados todos los presagios, inició la gesta deportiva por antonomasia y nos dio momentos verdaderamente históricos y memorables.

Los dioses: Usain Bolt y Michael Phelps. Cada cuatro años presenciamos como el cuerpo humano es llevado a su límite por la mente. Phelps se convirtió en el máximo ganador individual teniendo suficiente oro para ser el banco central de una nación pequeña y Bolt –el nombre exacto para el hombre más rápido del mundo-, se retira ganando nueve oros en nueve pruebas y todas con un carisma que electrifica al mundo. Los logros de estos dos atletas, más allá de su inscripción en las letras áureas de la historia olímpica, nos hacen cuestionar si son verdaderamente humanos, si son extraterrestres, si son el siguiente paso en la evolución o si simplemente nos hacen entender lo que los griegos sabían desde hace mucho: los dioses, a veces, toman formas humanas para descender del olimpo y convivir entre los mortales.

El cambio: La gimnasia artística femenina sufrió la revolución más grande desde Nadia Comăneci. El equipo femenil estadounidense, autodenominadas como The Final Five, encabezadas por Simone Biles y Aly Raisman (oro y plata en el all-around, respectivamente), con el carisma de Laurie Hernández, y el talento de Gabby Douglas y Madison Kocian, acaban de abrir el nuevo paradigma en la disciplina: la potencia. La fuerza siempre ha sido una parte fundamental en la gimnasia, pero lo hecho por este equipo, particularmente en las rutinas de piso de Biles y Raisman, desde la perspectiva de lo que puede hacer el cuerpo de una gimnasta, será el nuevo estándar de calidad para el deporte.

Lo inmutable: Para los atletas mexicanos, como siempre, el primer reto a vencer está en casa. Da gusto ver cómo hay personas que salen adelante y triunfan, desde Misael, el Chino, Rodríguez, quien para poder alcanzar el bronce olímpico tuvo que botear en las calles, hasta la taekwondoín María del Rosario Espinoza quien se consagró como una de las atletas mexicanas más importantes en nuestra historia. Pero definitivamente el peor espectáculo de los juegos fueron un grupo de gringos siendo la caricatura de los "gringos vacacionistas" en Latinoamérica. Ryan Lochte y otros dos secuaces, después de hacer una serie de desmanes en una gasolinera, pensaron que podían evadir la justicia brasileña mintiendo y poniendo su nacionalidad por delante. Afortunadamente, todo se aclaró y el episodio terminó por costarle varios patrocinios al nadador.

La redención: El Maracaná llegaba a la final de futbol varonil cargando sesenta y seis años de la tragedia máxima del futbol, el fracaso olímpico de Londres apenas hace cuatro años y la masacre 7-1 en donde quedó eliminada la verdeamarella de su mundial en 2014 (si bien este último episodio no fue en Río, no se puede dejar a un lado). Así llegaban a la final las dos potencias futbolísticas de la orbe: Alemania que no tenía mucho que perder y sí mucho que ganar –el doblete mundial-olímpicos– y Brasil en búsqueda de sacarse un poco, aunque fuera mínimamente, la espina de 2014 y demostrar que Brasil puede ganar los olímpicos y puede ganar en Brasil.

Neymar adelantó a los locales al comienzo del encuentro con un tiro libre. Alemania puede hacer muchas cosas pero bajar los brazos no es una de ellas. Después de dos postes, al '59 cayó el empate. El alargue fue de trámite y todo se definió en los penales: específicamente en el quinto. El tirador germano falló. Todo recaía en un tiro desde los once pasos. La oportunidad era tan insuperable como la presión insostenible. El balón acabó en la red, Neymar se desplomó con lágrimas en su rostro sonriente. Esta imagen plasmó el momento a la perfección. Un jugador, un equipo, una ciudad y país en comunión con el dolor alegre de la redención.  

El momento olímpico: Como todos los juegos olímpicos, Río tuvo sus momentos importantes, otros impresionantes y algunos históricos; sin embrago, el momento que definió a los juegos de Rio 2016 no fue algo precisamente espectacular, ni algo que se apuntará en el historia deportiva. Los records están hechos para romperse, ganadores y vencedores hay en cada evento, pero, quienes vimos la final de tenis varonil, tuvimos el privilegio de ver la definición del olimpismo. “Lo importante no es ganar, sino competir” es una de las frases peor entendidas en la historia. Ha servido para justificar a una infinidad de personas y resultados mediocres. A pesar de ello, cuando es bien entendida, es infinitamente cierta. La final enfrentaría a dos opuestos: de un lado, Andy Murray viviendo el mejor momento de su carrera, campeón olímpico defensor y campeón actual de Wimbledon que llegaba como el claro favorito, y del otro lado Juan Martín del Potro, quien después de dos años colmados de lesiones, eliminando a Novak Đoković en la primera ronda y a Rafael Nadal en semifinales, llegaba en calidad de cazador de gigantes.

El resultado obedeció a la lógica, Murray ganó y eso no tuvo importancia. Después de cuatro horas de tenis, alguien tenía que ganar. El revés de la Torre de Tandil se quedó en la red, la mirada de Murray lo dijo todo: a través de sus ojos vimos al rival, al compañero, al hermano, que dejó el alma en la cancha al defender sus colores. Vio al argentino vencido, pero no derrotado. Eso fue lo importante, la manifestación perfecta olimpismo: dos atletas fundidos en un abrazo de cariño, respeto y admiración. Alguien tenía que ganar y ganó el deporte.

Esto nos dejó Rio 2016.

El pebetero se apagó, pero la vida sigue: Tokio se prepara y la espera vuelve.