admitámoslo, en méxico todos somos güeros…

Güeros es el viaje interno de un grupo de personajes tan ajenos a sus alrededores y tan abrumados por la monstruosidad de todo aquello que los rodea, que prefieren vivir en el encierro y la negación.

En términos de argumento o de historia, poco sabía previamente de Güeros, la ahora multipremiada ópera prima del mexicano Alonso Ruiz Palacios.  El tema alrededor de su representación (o interpretación, según palabras del director) de la huelga de principio de siglo en la UNAM y todas las cejas que ésta ha levantado (su proyección en Tribeca, la más “sonada”), era lo que a mí más me intrigaba. Morboso interés, debo confesar.

“Mira, primero quiero decir que la película no se trata de eso. La UNAM dura diez minutos en pantalla de una película de hora y media”, me frenó de inmediato el actor Tenoch Huerta, uno de sus protagonistas y también exalumno de la Universidad Nacional. Y aunque Tenoch no miente en su aclaración, tampoco podemos decir que la evidente referencia al movimiento estudiantil no es representativa de un discurso y una visión mucho más grande que, como la película nos demuestra en innumerables ocasiones, puede ser vista a escala. La doble moral, la hipocresía, los falsos discursos y el enraizado rencor social son la pimienta de un agridulce homenaje a la Ciudad de México, sus calles, su gente y sus contrastes. Güeros es el viaje interno de un grupo de personajes tan ajenos a sus alrededores y tan abrumados por la monstruosidad de todo aquello que los rodea, que prefieren vivir en el encierro y la negación, evitando así su propio avance y comprometiendo sus insípidas aspiraciones de libertad.

“Lo que sí es que, aunque la huelga sólo abarca un 10 por ciento de la película, el contexto permanece y es la razón por la que los personajes no estudian, pero más bien es el pretexto para hacernos entender que se encuentran en un momento en el que su cotidianidad está en pausa. Su vida es la de hacer algo, ¿ves? Ellos son estudiantes y es lo único que han sido desde los cuatro años, desde el kínder, y de repente esa identidad desaparece, y no es por elección ni porque se termine de forma natural su ciclo, sino porque de repente ya no hay a dónde ir a la escuela. Entonces, claro, estos personajes dejan de formar parte de la realidad que conocen, la que define sus amistades, sus noviazgos y todas sus relaciones o aspiraciones”, continuó Tenoch.

Lo que Ruiz Palacios logra en esos escasos minutos — y con la UNAM como un micro cosmos de una sociedad de endebles democracias, pero cimentadas diferencias que han derivado en odios y rencillas de clase absurdas— es un acertado comentario de cómo habitamos burbujas que nos mantienen ajenos a otras realidades, aislados, envenenados y sedados, ignorando un mundo que existe más allá de donde cada día nos negamos más la necesaria y saludable costumbre de detenernos a observar, escuchar y, tal vez algún día, comprender al otro. Pero este texto tampoco se trata de la huelga de la UNAM. Este texto se trata de una urgencia por observarnos como sociedad y aceptarnos como tal, errores y carencias incluidos.

Tenoch Huerta es Sombra, un estudiante en stand by, obsesionado con la pesadilla de un tigre que, más grande que él, lo acecha y lo agobia en sueños cada vez más frecuentes. Dueño de una extraña fijación hacia un tal Epigmenio Cruz, una especie de cantante maldito cuya leyenda asegura que sus canciones hicieron llorar al mismísimo Bob Dylan, la vida de Sombra se ve sacudida con la llegada de su hermano Tomás (Sebastián Aguirre) a la ciudad y a romper con la cada vez más monótona dinámica entre Sombra y su roomie, Santos (un Leonardo Ortizgris de sobresaliente discreción). Falsos snobs, intelectuales de tetra-pak, revolucionarios de instructivo y clasemedieros negados a aceptarse como tales. Son muchas y más bien negativas las etiquetas con las que podríamos catalogar a los personajes centrales de Güeros, aunque Ruiz Palacios opta por sentir empatía hacia ellos quienes, aún con sus fallas, son un vivo reflejo de un segmento muy representativo de la sociedad en la que viven, la defeña. Contradictorios, confundidos y, a pesar de ello, encantadores y ganosos, los protagonistas encuentran un propósito cuando, al enterarse de la hospitalización de Epigmenio Cruz, deciden recorrer la ciudad en busca del hospital donde creen está internado (ojo ahí al cameo del director). Esto los lleva a recorrer y experimentar algunas de las muchas latitudes y texturas de la ciudad (expuestas con un maravilloso diseño visual y de fotografía), al mismo tiempo que los hace reencontrarse con la realidad que les rodea, esa que solo se puede entender si se vive en carne propia.

Con Sombra, Santos y Tomás, acompañados de la combativa y encantadora Ana (Ilse Salas) el director nos presenta nuestra ciudad, nuestra gente y sus costumbres en una especie de road trip citadino. Cómo hablamos, qué comemos, dónde nos agarra el tráfico y cómo nos besamos. Todo visto con lupa. Incómoda y necesaria auto crítica. El auto en el que viajan, el edificio en el que viven y la escuela en la que estudian son espacios cerrados en donde los personajes interactúan con su entorno pero nunca escapan del encierro. Se reconocen sobre la marcha y, en algún momento, comprenden que el cambio verdadero empieza en el propio, siendo uno mismo el más pequeño de los micro cosmos que nos alejan de nuestro alrededor y su magnitud. Justo atravesando estos encierros es que los Güeros que titulan a la película logran romper y sacudir su realidad, dándole una nueva perspectiva, reinvención necesaria para hacer las paces con ellos mismos y aquello que, a mayor escala, los representa.

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