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Cuentos Chiquitos Que De Grandes Quieren Ser Novelas

“¡A ver, escuincle baboso, nada de que quieres ser pintor! ¡Vas a estudiar una carrera de hombres, no un pasatiempo de jotos!”

Adolfo no tuvo el coraje para enfrentar a su padre y convencerlo de estudiar arte en lugar de administración de agencias aduanales. El señor Alonso era, como muchos hombres de inicios del siglo XX, de un enorme carácter y un diminuto criterio.

2 meses después, don Alonso murió, y Adolfo pudo convencer a su madre de mandarlo a la escuela de arte. Viajó feliz hasta Morelia cargado con sus lápices y pinceles para hacer el examen de admisión. Se sintió muy bien durante el examen, la teoría era pan comido y la parte práctica le salió con una inspiración impresionante.

Una semana después fue a buscar sus resultados. Lo recibió una señora gorda que parecía estar dormida con los ojos abiertos. Lo ametralló con preguntas: “Nombre”, “Fecha de examen”, “Número de solicitud”. Adolfo respondió nerviosamente. La señora buscó en los archivos hasta dar con el folio correspondiente: “Le comento, joven, su examen no tuvo validez por motivo de que le vienen faltando lo que son los siguientes dos documentos: uno, carta poder notariada y firmada por su padre o tutor donde se establezca la transferencia de derechos sobre su situación educativa. Dos, su cartilla de vacunación con el registro de seguridad social actualizado según la reforma al artículo 23 inciso b sección 3a promulgada y publicada hace dos semanas. Traiga los documentos y va a tener que repetir el examen. La cuota no es reembolsable, por si no le habían informado”.

Adolfo casi se vuelve loco, pero logró recuperar la cordura e ideó un plan. En lugar de ir a buscar los documentos, hacer filas enormes y tardarse semanas en aplicar, vendió parte de sus pinceles y le dio una mordida a la señora gorda y al director de la escuela. Inició clases dos días después.

Fue una de sus épocas más felices. Vivía en una ciudad bohemia, llena de arte y movimientos de despertar social. En la tarde se juntaba con sus amigos artistas en los cafés del centro a hablar de filosofía y corrientes pictóricas.

Un día, en una de esas pláticas, uno de sus amigos sacó un panfleto del Partido Nacional Socialista De los Trabajadores. Por alguna razón, Adolfo se sintió seducido por su discurso ultra radical y de odio racial. Algo se encendió en su ser, vio en esa ideología una oportunidad de hacer un cambio profundo en la sociedad, y decidió enrolarse.

Al otro día después de clases fue a la sede del partido con sus documentos personales. Se acercó a una ventanilla de registros y tuvo que golpearla para que el empleado que recibía los papeles se despertara.

--“Jovenazo, buenos días, ¿qué quiere?”

Adolfo, con la inocencia de la juventud y el arrojo de la ideología contestó: --“Cambiar mi país”.

El tipo sacudió la cabeza y se acarició el bigote. --”No mame, jovenazo. A ver, pues. ¿Trae su identificación?

--Sí

--¿Su acta de nacimiento?

--Sí

--¿Su acta de defunción de su padre o tutor?

--¿Cómo sabe que murió?

--¿La trae?

--No, pero puedo conseguirla.

--Úúúúúújule mi jovenazo, hoy es el último día de registros porque mañana empieza Semana Santa y de ahí no regresamos porque es la feria de Santa Cachucha, y de ahí todavía no abrimos por lo del natalicio del señor presidente. Y de ahí pos ya toca descansar.

--¿Entonces, cuándo me puedo registrar?

--Sí por ahí de noviembre del otro año.

Adolfo se rindió, aventó los papeles al aire totalmente resignado y regresó rumbo a la escuela a sus clases de la tarde.

Lo que se hubiera ahorrado el mundo si Hitler hubiera nacido en México.

 

Ilustración cortesía de Marco Aguirre (Sien One en Instagram).