Miley Cyrus y Sus Mascotas Muertaz

 

Ben Magaña escucha discos y pasa el rato en shows, para luego llegar a casa ponerlo en letras y contarlo todo. En esta ocasión se dio a la tarea de escuchar el quinto álbum de Miley Cyrus. Esta es su opinión. 

 

Miley Cyrus & Her Dead Petz es un disco en el que su arte visual es alarmante y desconcertante, elementos primordiales al momento de accede que determinado objeto u obra merece llamarse arte. Sin embargo, al leer entre las líneas en este caso se ve que no hay trasfondo intelectual real, ni siquiera se pretende alcanzarlo. En este disco, se trata de Miley Cyrus quien hace diez años era protagonista de un programa de televisión y estrella adolescente; hace cinco años fuera la máxima figura del Pop en Estados Unidos. Pero también quien hace dos años se convirtió en alguien quien quería sorprender por sorprender, llamar la atención por llamar la atención, por más que haya declarado que nunca ha habido semejante intención. Desde entonces, Cyrus ha sido ídolo de los medios internacionales, mucho más que antes. Es muy difícil poder enfocarse en ella como artista musical solamente sin identificar todas estas características. Y desde luego, mucho de eso permanece en este, su quinto material discográfico.

Desde el inicio, se escucha su ímpetu por querer mostrarse como lo que es: un artista.  Al comenzar "Dooo It!" se muestra que con  Wayne Coyne y los Flaming Lips detrás de ella se puede hacer lo que sea. Todos juntos incursionan en ritmos hip hop, texturas de sintetizador Moog a la Dark Side of the Moon, coros angelicales a la Soft Bulletin de los mismos Flaming Lips. Todo con una exuberancia que puede indicar que esto puede ser muy bueno. Es un fuerte inicio, en el cual uno no puede dejar de pensar que realmente Cyrus es la invitada aquí. Para "Karen Don’t Be Sad", queda claro que Cyrus ha trabajado con Wayne Coyne, a tal grado que son inconfundibles. Aquí todos parten de Yoshimi Battle The Pink Robots, e incluso hay rastros de otros actos de la década pasada como Girls. Todo se escucha un poco comprimido y extrañamente repetitivo.

Para "Floyd Song", se aprecia una melodía fuerte y pegajosa. Tiene un buen arreglo y buen groove. Sin embargo, se siente larga y repetitiva, sus más de cinco minutos parecen excesivos. "Something About Space Dude" de igual manera es repetitiva y débil. "Space Boots" tiene letras diseñadas para que las categoricen como honestas pero solo parecen alusiones trendy a sentimentalismos indefinidos y arduas referencias a cannabis y sexo casual. Sin embargo para este punto, la sicodelia en turno se comienza a sentir forzada, fingida e infantil. A partir de aquí, el disco es una fusión entre material que suena como Bangerz, es decir, el estilo muy marcado y establecido de Miley Cyrus, y el resto de sus colaboraciones con Flaming Lips, Big Sean y Ariel Pink, ninguna sobresaliendo en particular.

En fin, "Bang Me Box" tiene un arreglo impecable, duración perfecta, musicalmente hace todo lo contrario a los otros temas. Esto último termina siendo la razón por la que es tan popular Cyrus, pero musicalmente aquí se ven rastros del disco Currents de Tame Impala y del R&B actual. Es un potencial éxito, el cual será justo, ya que este tema es el que más vale la pena. Tristemente, las otras tres cuartas partes del disco resultan olvidables y desechables, se siente que Cyrus quiso hacer esos estilos muy suyos, lo que a pesar de triunfar, terminó afectando todo. La mayoría de los temas se sienten muy largos y mediocres, le falta todavía mucho trabajo a la mayoría de las canciones, faltó una figura de productor más hábil y útil. Se puede adivinar que ella tiene la última palabra creativa en todo, y esto hace que todo se sienta pobre e incompleto. Los Flaming Lips hicieron lo que se les pagó para que hicieran, y lo hicieron muy bien. Sin embargo, no es un disco digno de formar parte de su discografía oficial.