In Real Life: 6 semanas con un Personal Trainer

Carolina Malis es nuestra corresponsal en Nueva York y nos cuenta sus experiencias de belleza y moda a través de sus letras. 

Inscribirse o no inscribirse al gimnasio. He ahí el dilema. Hay quienes no soportan la idea de encerrarse entre cuatro paredes y un sinfín de espejos a entrenar por horas, mientras hay otros que no logran constancia al plantearse entrenar al aire libre. La mejor opción será siempre diferente dependiendo de cada persona, pero sin duda hay una base fundamental que corre para todos: tener claro qué es lo que estamos haciendo, cuáles son nuestros objetivos y cómo conseguir lograrlos.

Uno de los grandes errores que muchos cometemos al inscribirnos a un gimnasio es ir sin un plan claro. Llegamos, nos instalamos en una de la elíptica o la trotadora para después vagar entre las máquinas e intentar hacer de todo un poco. No sé si es el caso de ustedes, pero al menos este fue mi caso por años, y en lo personal eso era lo que finalmente me llevaba a no ser constante y como consecuencia abandonar la membresía luego de un par de meses. Y es que el gimnasio es un espacio que hay que saber habitar, pues si dejamos que nos aburra entonces hemos perdido la batalla. Por eso es que decidí hacer un experimento conmigo misma para comprobar si realmente sabía o no lo que estaba haciendo, por lo que ejercité primeramente 6 semanas con mi propio plan y luego 6 semanas bajo la guía de un Personal Trainer.

Para llevar a cabo mi plan maestro me registré en un gimnasio que cumplía con las 3B (Bueno, Bonito y Barato), y gracias al cielo encontré uno relativamente cerca de mi casa (lo cual siempre servirá como factor de motivación). Blink Fitness es una cadena de gimnasio en los Estados Unidos que cumple con los básicos de manera perfecta, ahorrándote dinero en tu membresía a cambio de un espacio (debo destacar, siempre extremadamente limpio) implementado con todo tipo de máquinas, sin clases y sin servicios anexos. La membresía puede llegar a costarte como mucho 25 dólares mensuales si quieres tener acceso a todas las sedes de la ciudad, o como en mi caso, al tener acceso solo a la una, el precio se reduce a $15 dólares. Aparte de sus precios accesibles y su increíble presentación, una de las características más atractivas de Blink es que no te encuentras con imágenes de cuerpos tonificados o frases que te inviten a conseguir un físico perfecto, sino más bien con trabajadores, entrenadores, mensajes en paredes y pantallas y campañas en redes sociales que te invitan a transformar la experiencia de ir al gimnasio en algo entretenido, algo que disfrutas en vez de tan solo una obligación o una hora de sufrimiento a cambio de un cuerpo “listo para el bikini”. Blink es más sobre la experiencia y menos sobre resultados rápidos.

Mis primeras 6 semanas en Blink fueron muy agradables, pero siendo personalmente un Early Bird, si no voy al gimnasio antes de las 8 AM entonces ya no voy, por lo que me encontré a mí misma inventando excusas para no ir en días que prefería quedarme unos minutos más en la cama.

Ir al gimnasio por ti mismo es absolutamente válido y definitivamente no creo que un entrenador sea algo necesario para todos, pero en ocasiones puede pasar que no sepas qué hacer cuando estás ahí. ¿Comienzo con cardio? ¿Luego levanto pesas?¿Me voy a las maquinitas? ¿Cuánto peso es ideal para mi? ¿Con cuál máquina se puede fortalecer y con cuál desarrollo músculo? Son tantas las variables en un gimnasio que, para quienes somos un poco maniáticos del orden y de tener las cosas bajo control, nos puede causar un poco de ansiedad pensar en “¿Qué rayos es lo que voy a hacer cuando esté ahí?”

Esa fue sin duda la mejor parte de haber tomado el programa de 6 semanas con un entrenador personal. Dos veces a la semana me encontraba con Ashley, mi entrenadora destinada, a las 7AM, y hasta el día de hoy le debo mi entendimiento sobre cómo hacer rendir el tiempo cuando voy al gym y cómo seguir adelante incluso cuando tu mente te ruega que te detengas. En nuestro primer encuentro le comenté a Ashley que en el pasado había disfrutado de entrenar con ejercicios Pliométricos por lo que en varias ocasiones intento incluirlos en mis rutinas, las cuales variaban en cada sesión.

Y es que tener un entrenador contigo no se trata sólo de hacer los ejercicios porque alguien te lo dice. Uno de mis mayores aprendizajes fue sin duda entender cómo ocupar las máquinas de manera correcta. Qué músculos necesitan el ejercicio, cuáles relajar, cuánto tiempo es suficiente, cuantas repeticiones y cuánta resistencia se debe involucrar para lograr mis objetivos, y por sobre todo, cómo enfocarse en ciertas partes del cuerpo cada día puede llevarte a mejores resultados y como consecuencia a ser constante. Porque admitámoslo, una de las mayores luchas cuando vamos al gimnasio es no rendirnos ante el cansancio, el aburrimiento o nuestros músculos quemando, y de alguna forma el tener a alguien contigo alentándote a seguir te enseña a ti mismo que puedes más allá de lo que creías. No voy a mentir, “it's burning” era sin duda una de las frases que más repetía, pero mi cuerpo comenzó a soportar y enfrentar esa quemazón (y el dolor, hay que decirlo) de una manera diferente, más como un desafío que como un obstáculo.

Luego de unas 3 semanas comencé a ver reales resultados en mi cuerpo y sobre todo en mis capacidades. Mis brazos estaban más fuertes por lo que mis flexiones se volvían cada vez más amplias, mis piernas eran capaces de soportar más peso e incluso había comenzado a dejar de sentir dolor en los hombros porque entendí que en vez de tensar para levantar debía empujar.

A fin de cuentas y luego de 6 semanas no podía creer que nunca hubiera tenido un entrenador antes. Nuevamente, no digo que todo mundo necesite uno, pero en mi caso personal me ayudó a poder entender mis capacidades para desde ahora ir al gimnasio sabiendo que hacer y cómo conseguir los objetivos que tengo.

Hoy sigo yendo por mi cuenta y es increíble la diferencia. Voy con objetivos claros, sé por dónde partir y donde terminar, tengo claro que sufriré un poquito pero a su vez disfruto la experiencia de estar ahí, de transpirar y de darme a mí misma ese espacio una hora al día para sólo preocuparme por mí y mi cuerpo e incluso para pensar o expulsar tensiones, porque al fin, después de toda una vida intentándolo, ya no vivo con la ansiedad de ir al gimnasio sin un plan.