Cock-rock: el miembro secreto

    por · febrero 09, 2016

    rimero de marzo de 1969. El Miami’s Dinner Key Auditorium estaba a reventar. Tres músicos salían a escena en espera de su líder y cantante. La multitud gritaba a rabiar. De pronto apareció él: camisa desabotonada, pantalón de cuero, cabello enmarañado, en ostensible estado de ebriedad. Su delgada figura frente a la masa. Tras una retahíla de palabras, de pronto lo decide: toma su bragueta, la baja y enseña el pene. El público en éxtasis. La policía en alarma. Arresto por obscenidad fue la sentencia. ¿La recompensa? Ser encumbrado como uno de los máximos dioses sexuales de su época. Jim Morrison no sólo es el protagonista de esta historia, sino el arquetipo del mito de sexo, drogas y rock & roll. Sobre todo lo primero: suyas son leyendas de mujeres que le daban sexo oral mientras grababa, de cientos de mujeres desfilando por sus carnes de lagarto, pero nada le ganaba al mito generado en derredor de su (supuesto) gigantesco miembro.P

    Simon Frith, reputado sociólogo de la música, ha logrado teorizar el porqué de la fascinación que sentimos por historias como la de Morrison y su pene: “existe un género del rock que ha permanecido a lo largo de la historia del mismo, sin importar si éste pasa por diversas etapas estilísticas. Con actuaciones basadas en una expresión explícita, cruda y perfeccionada del sexo, se erigen nuevas deidades: artistas que resultan agresivos, salvajes, seductores y que constantemente hacen patente frente al público su poder de dominación y su control de cualquier situación. A esto se le conoce como cock-rock”.


    “Sus cuerpos están siempre a la vista. Utilizan micrófonos y guitarras como símbolos fálicos (o bien, como simuladores del cuerpo femenino). Su música, por consiguiente, es ruidosa, rítmicamente insistente: todo se dedica a construir un ambiente de excitación constante.”

    Es claro que el sexo siempre ha sido objeto de atracción para los seres humanos. Desde los serrallos turcos del siglo XVIII hasta los cines porno que pulularon por toda la década de los setenta y ochenta del siglo pasado, la imaginería erótica es parte vital del showbiz. “Sus cuerpos están siempre a la vista. Utilizan micrófonos y guitarras como símbolos fálicos (o bien, como simuladores del cuerpo femenino). Su música, por consiguiente, es ruidosa, rítmicamente insistente: todo se dedica a construir un ambiente de excitación constante. Sus letras son asertivas y arrogantes, presuntuosas y deliberadamente fantasiosas. Pero más allá de las letras, el secreto está en la entonación que haga el cantante de las mismas: se trata de subir la voz hasta alcanzar un grito desaforado, casi climático, prácticamente orgásmico”.

    Suele ubicarse a este género del rock dentro de la época del glam, pero se trata, según Frith, de un concepto que cambia y muta a lo largo de toda la historia del ritmo. “Para mí, Led Zeppelin es la quintaesencia del cock-rock: ahí están todos los elementos que lo conforman y se mitifican hasta alcanzar historias rayanas en el absurdo como aquel incidente de la groupie y el tiburón. Pero los rastros del género lo mismo alcanzan para bandas como The Rolling Stones, The Who y The Doors”.

    Si bien el concepto ha sido analizado por Simon, la palabra fue acuñada por un fanzine feminista durante los años setenta, donde se criticaba que la industria estaba dominada por el poder masculino, las alegorías falocentristas y una visión heteronormada y patriarcal. Sin embargo, los apuntes de Frith señalan que este género ha sido reproducido también por mujeres: “el cock-rock no se trata de tener un pene, sino de un juego de rol de dominación sexual. Bandas como The Runaways cimentaron una leyenda en lo que respecta a sus aventuras eróticas con miembros de su staff y su público. Lo mismo puede decirse de artistas que no pertenecen necesariamente al rock, como Madonna, que fue la artista que mejor explotó el poder del sexo, sus mitos y símbolos para encumbrarse como un ícono desenfrenado en una época de por si libre sexualmente”.

    Y es que resulta interesante rastrear todas las aparentes contradicciones del cock-rock en la época donde alcanzó su máximo: los años ochenta. Como bien señala Frith, esta década se caracterizó por romper diversos paradigmas, sobre todo en lo concerniente a la libertad sexual: herederos de la generación de los sesenta que veía en el acto carnal un rito de amor, transformaron esta misma concepción del sexo: se convirtió en un acto de placer puro, alejado de sentimentalismos y cursilerías, pues todos los mitos se estaban derrumbando en una sociedad desencantada y sumida en una aguda crisis económica. Mientras en los cincuenta los jóvenes reaccionaron con rabia, furia y negación del sueño americano, los adolescentes de la penúltima y primera mitad de la última década del siglo XX eran más cínicos, casi cercanos al existencialismo: si todo deja de importar, de tener valía, entonces entreguémonos al exceso, a la satisfacción sin límites del placer. Ahí aparecieron entonces bandas como Guns & Roses, Poison, Ratt y, sobre todo, Mötley Crue, cuyos integrantes se declaraban obsesionados con el sexo (ahí está su disco Girls, Girls, Girls editado en 1987 para demostrarlo), con la experiencia que pudiera brindarles cualquier tipo de sustancia (famosos son por inventar la peda intravenosa) y cobijados por el halo protector del rock. Una de las primeras aparentes contradicciones en la cúspide del cock-rock se encontraba en el look de los integrantes de estas bandas: mientras eran mitificados como dioses absolutos del sexo salvaje, su imagen estaba más apegada a la de tus tías en los ochenta, o bien, a la de aquellos dibujos conocidos como los Caballeros del Zodiaco: cuerpos delgadísimos, sin músculo, de rostros afeminados y delicados (busquen una foto de Axl Rose antes de comerse a medio mundo y verán de lo que hablo), con cabelleras cuidadosamente arregladas. Las mujeres, por su parte, como bien indicó Frith, se empoderaron en términos sexuales gracias a personajes como la reina del pop, Madonna, en el caso de la industria mundial, mientras que en México se tenía la figura antiheroica de Gloria Trevi: el mismo crepé de Vince Neil, pero con la actitud socarrona y sexual de un Jim Morrison enloquecido por la audiencia en Miami durante 1969.

    El cock-rock, cuestiones musicales aparte, se trata de un fenómeno social que ha rebasado las barreras del ritmo y se erige más bien como una construcción cultural en derredor de un género asociado al sexo (el término rock & roll, acuñado durante los cincuenta, significa mecerse y rodar, ergo: coger) desde sus inicios y que utiliza al mismo como herramienta de liberación juvenil. Ya lo dijo el primer hippie de toda la historia: amaos los unos a los otros. Pero siempre háganlo al ritmo del rock.

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    Last updated: 2016-02-09T15:10:43-05:00
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